Muchas caras de la crisis rural Download PDF Herramientas para este documento

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Autor(a): Luis Hernández Navarro
Fecha: 14 octubre 2010
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Luis Hernández Navarro | 14 octubre 2010 | Biodiversidad - Oct 2010

En 2009, Smithfield, el más importante procesador de puerco en el mundo, se puso en el centro de la tormenta, pues el brote de influenza porcina que asoló al mundo puede estar relacionada con Granjas Carroll, una de sus dos empresas subsidiarias en México, y con su modelo de producción industrial de puercos.
La Gloria es una pequeña comunidad del municipio de Perote. Su territorio está rodeado por las instalaciones de la empresa. Allí se detectó el primer caso de gripe A/H1N1: un niño de 5 años de nombre Edgar Hernández.
La contaminación provocada por Granjas Carroll y su impacto en la salud de los pobladores de las comunidades aledañas, y las lagunas en que depositan los desechos animales han propiciado todo tipo de males. Los habitantes de las localidades respiran día y noche una peste infernal. Las tolvaneras arrastran la fetidez a muchos kilómetros a la redonda.
En México Smithfield es propietaria del 50% de las acciones de Granjas Carroll, en Puebla y Veracruz, y de Agroindustrial del Noroeste (Norson) en Sonora. Durante 2008, Granjas Carroll produjo 950 mil animales, Norson crió 467 mil puercos: 10% de la producción porcícola nacional.
Smithfield, el gigante productor de puercos, es una de las más grandes empresas del mundo. En 2008 ocupó el lugar número 222 entre las 500 firmas estadounidenses más importantes, según la revista Fortune. Es la tercera compañía más poderosa en la producción de alimentos, después de Archer Daniels Midland y de Tyson Foods. En 2008 sacrificó más de 31 millones de marranos y empacó unos 3 millones de kilos de carne. Sus ingresos superaron los 11 351 millones de dólares. Controla 31% del mercado en Estados Unidos.
La compañía líder en la engorda y procesamiento de puercos es también una formidable maquinaria contaminante. Cada año genera toneladas de basura que destruye ríos, mata millones de peces y enferma personas.
Su reputación es terrible. En 1997, 2000 y 2006, apareció en la lista que Multinational Monitor elabora para designar a las peores empresas del año. En 1997 por contaminación ambiental. En 2000 por sus prácticas para monopolizar la cría y engorda de marranos, dejando fuera del mercado a los pequeños productores familiares. En 2006 por sus prácticas laborales, antisindicales y violatorias de la legislación estadounidense.
Smithfield creció más de mil por ciento entre 1990 y 2005. Su proceso de concentración siguió la estrategia empresarial de controlar cada eslabón de la cadena, desde que el puerco nace hasta que pasa a la carnicería. Ha conquistado y monopolizado los mercados quebrando a todos los pequeños ganaderos a su alrededor.
Para evadir regulaciones, Smithfield ha trasladado parte de sus operaciones a países donde las leyes que protegen el ambiente son más laxas, y los políticos más dispuestos. En México se instaló aprovechando el Tratado de Libre Comercio.
Las granjas de Smithfield son verdaderas ciudades de puercos, rodeadas de mares de mierda y desechos, que crecen a la sombra de regulaciones ambientales débiles y autoridades permisivas. Su proceso de producción ha convertido la cría y engorda de los cerdos en una actividad industrial. Los animales viven en jaulas que impiden su movimiento, en barracas con ventilación deficiente, respirando aire saturado en gases, sin ver la luz del sol, expuestos a todo tipo de enfermedades y hongos. Con su sistema inmunológico lastimado, los puercos industriales verían en cualquier chiquero de una granja familiar un paraíso. En ocasiones se asfixian al pisotearse unos a otros. Es fácil que un animal enfermo contagie a los demás. Los puercos generan, en promedio, tres veces más de materia fecal que los seres humanos. El volumen de excremento de los animales de Granjas Carroll es superior al producido por los habitantes de las ciudades de Guadalajara y Monterrey en conjunto. Pero tales ciudades cuentan con sistemas de drenaje y alcantarillado para el manejo de las aguas negras; las compañías porcícolas no cuentan con ellos.
Los desechos fecales provenientes de las granjas-factorías de puerco están llenos de sustancias tóxicas. En ellos viven cerca de 100 microorganismos patógenos que pueden hacer enfermar a los humanos: salmonella, cryptosporidium o giardia. Cada gramo de excremento de un cerdo industrial contiene 100 millones de bacterias coliformes.
En Granjas Carroll, las heces fecales de los cochinos son depositadas en lagunas de oxidación a cielo abierto distribuidas por el valle de Perote. Todo tipo de gases volátiles son expulsados a la atmósfera, junto con millones de gérmenes patógenos y son un foco contaminante de agua, suelo y aire.
El capital siempre ha codiciado someter la producción agrícola y pecuaria a su lógica de valorización. En la industria pecuaria, los grandes rastros y mataderos de ganado son un ejemplo de líneas de ensamble, donde en lugar de ir armando un producto final, al animal sacrificado se le desensambla por etapas.
La mejor imitación de procesos industriales en la producción pecuaria se da en los lotes de producción de ganado en condiciones estabulares y en las granjas porcícolas y avícolas. El hacinamiento y el afán de rentabilidad rápida han conducido a uno de los criaderos de agentes patógenos más peligrosos del mundo.
El caso de Granjas Carroll y la gripe porcina es paradigmático. Allí se expresan muchas de las características de la actual crisis alimentaria y agrícola. Con claridad aparece el vínculo existente entre agricultura industrial, libre comercio, devastación ambiental y colapso sanitario. Como lo recuerda Alejandro Nadal, al buscar cerrar lo que Carlos Marx llama los poros del proceso de valorización del capital, la gran industria porcícola y aviaria ha puesto en pie un sistema generador de cepas patógenas de fiebre porcina y avícola. Esto es lo que explica la aparición de una red filogenética de influenzas que afectan al ser humano al globalizarse el modelo industrial de producción avícola. Tales epidemias son prueba del fracaso de un modelo de producción y consumo que debemos reemplazar antes de que sea tarde.

La agricultura industrializada. El modelo dominante de agricultura industrial en grandes predios, destinada al monocultivo, altamente dependiente del petróleo, basada en la lógica de las ventajas comparativas y el libre comercio, está gravemente afectado.
El incremento en el precio del petróleo subió los costos de producción agrícola industrializada que no puede sembrar sin éste. Los fertilizantes y parte de los agroquímicos utilizados en las cosechas son hechos con petróleo. La maquinaria y los vehículos para sembrar, cosechar, procesar, almacenar y transportar necesitan combustibles y aceites procedentes del petróleo. Parte de la energía eléctrica requerida para extraer agua y regar los sembradíos se genera con sus derivados. Los plásticos que cubren invernaderos y las mangueras para regar los campos son fabricados con materias primas procedentes del petróleo. Los materiales para envasar y el transporte hacia los mercados requieren derivados del petróleo. Todos ellos cuestan más ahora. Plásticos como el polipropileno valen hasta 70% más que en 2003.
Este modelo sustituyó una agricultura en que la energía solar se convertía en comida por una agroindustria en que los combustibles fósiles se transforman en alimentos. Esta nueva forma de producir es poco eficiente energéticamente: para cosechar 100 kilos de maíz se requieren entre un litro y litro y medio de petróleo.
Con la agricultura “moderna” se necesita más de una caloría de combustible fósil para producir una caloría de comida. Antes se obtenían dos calorías de energía alimentaria por cada caloría de energía invertida.
La expansión de la idea de la productividad agrícola moderna en la década de los cincuenta estuvo marcada por la industria militar y la guerra. En los años cincuenta, el maíz híbrido se volvió el principal beneficiario de esta reconversión.  Aunque las semillas híbridas fueron introducidas al mercado en los años treinta, no fue sino hasta su matrimonio con los fertilizantes químicos que su uso creció geométricamente. La “mayor productividad” de las semillas híbridas proviene, en mucho, de que pueden ser plantadas más cerca unas de otras, y el abono químico permite abastecer esa concentración con nutrientes.
En el primer mundo, el uso combinado de insumos agrícolas químicos y semillas mejoradas fue acompañado de un proceso en que los granjeros se convirtieron en agroempresarios, y fueron perdiendo el control sobre la tierra, el agua y las semillas. Las granjas se manejan conforme a las reglas de los consorcios industriales.
Hoy, la superficie agrícola llegó, en lo esencial, a su límite. El modelo de Revolución Verde de los 60 alcanzó un tope. Entre los 70 y 90, los rendimientos agrícolas crecían a un ritmo de 2.2% al año. Ahora aumentan a una tasa de uno% anual. No hay tierra agrícola suficiente para producir al mismo tiempo granos para la alimentación humana y para “dar de comer” a los automóviles. Tampoco hay tecnologías para incrementar significativamente la productividad. Es falso que los transgénicos vayan a resolver esa crisis.

La ofensiva financiera. La ofensiva por el control de la agricultura se desarrolló a través de varios mecanismos. Primero, por conducto de sus excedentes de capital financiero, los bancos pasaron a comprar acciones de empresas que actuaban en diferentes sectores relacionados con la agricultura, así como opciones en le mercado de futuros de granos básicos y productos agrícolas. A partir del control de la mayor parte de las acciones, promovieron un proceso de concentración monopólica.
Este modelo comenzó a ser aplicado por Goldman Sachs en 1991. Después le siguieron JP. Morgan, el AIG Commodity Index, junto con Bear Stearns, Oppenheimer, Pimco y Barclays. (Véase “The food bubble: How Wall Street starved millions and got away with it” by Frederick Kaufman, Harper’s Magazine, julio de 2010).
El segundo mecanismo (como lo explica Joao Pedro Stedile), es la dolarización de la economía mundial. Esto permitió que las transnacionales aprovecharan las tasas de cambio favorables y entraran en las economías nacionales comprando fácilmente a las empresas locales, dominando los mercados productores y el comercio de los productos agrícolas.
El tercer mecanismo utiliza las reglas impuestas por organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y los acuerdos multilaterales, que normalizaron el comercio de productos agrícolas según los intereses de las grandes empresas, y obligaron a los gobiernos serviles a la liberalización del comercio de estos productos.
 El cuarto es el crédito bancario. La producción agrícola, cada vez más dependiente de insumos industriales, quedó a merced de la utilización de créditos bancarios para financiar la producción. Y éstos financiaron la implantación y el dominio de la agricultura industrial en todo el mundo.
Finalmente, en la mayoría de los países los gobiernos abandonaron las políticas públicas de protección del mercado agrícola y de la economía campesina.

La crisis. La expresión más visible de la crisis agrícola fueron las protestas populares en más de 37 países provocadas por el incremento en los precios de los alimentos en 2008, y, según datos de la FAO, el aumento en el número de quienes padecen hambre en el mundo: de más de 862 millones a 923 millones. Uno de cada seis habitantes en el mundo no tiene comida suficiente.
La desesperación y la rabia ante el hecho de no tener un bocado que llevarse a la boca provocaron saqueos y robo de cereales en campos, bodegas y tiendas; caos, pillaje e incendios. Muchos gobiernos respondieron con detenciones arbitrarias, asesinatos y torturas.
Menos espectaculares, pero sin duda importantes por sus implicaciones para la agenda del libre comercio, son las medidas adoptadas por algunos gobiernos para controlar precios y restringir exportaciones. Según Economist Intelligence Unit (La Jornada, 29 de abril de 2008), “de 58 países cuyas reacciones son seguidas por el Banco Mundial, 48 han impuesto controles, subsidios al consumidor, restricciones a la exportación o aranceles inferiores”.
La producción de alimentos se modificó muchísimo en los últimos cuatro años. Las piezas del sistema agroalimentario mundial se trastocaron. Hasta ahora la agricultura se había caracterizado por una caída sostenida en los precios reales, acompañada por incrementos temporales en los precios de algunos productos, cultivos excedentes, agresivas políticas de apoyo a los precios y protección comercial. Esta disminución en los precios ocurrió a pesar del aumento en los costos de fertilizantes y energéticos.
Esa tendencia cambió ya radicalmente. El nivel de reservas de granos y oleaginosas, según los estándares históricos, se redujo dramáticamente. El inventario de trigo es de 70 días de consumo frente a más de 100 días de antes del año 2000. Los inventarios europeos de productos agrícolas con cuota están agotados. Sus precios se han incrementado hasta llegar a las nubes.

Los vaivenes extremos. Los precios de la materias primas agrícolas siguen montados en los vaivenes de la especulación bursátil. Comenzaron a aumentar en 2002. Alcanzaron picos históricos entre 2006 y 2007. En 2008, de la mano de la crisis financiera internacional, los precios de los cereales experimentaron una caída media de entre 30 y 35% con respecto al año anterior.
Sin embargo, durante el segundo trimestre de 2009, después de varios meses de relativa estabilidad, los precios internacionales de maíz, soya y trigo repuntaron 10.8, 35 y 12.7% respectivamente. Y aunque la variación de los precios de granos básicos no ha desencadenado una crisis como la de 2007-2008 es un factor de preocupación para agencias y organismos multilaterales. Durante la segunda semana de agosto de 2010 volvieron a crecer aún más: el precio del trigo aumentó en un 50% con respecto a junio de este año.
La caída de los precios de las materias primas agrícolas en 2008 obedeció a una razón fundamental: con el dólar revaluado y temiendo una disminución de la demanda de cereales por la recesión económica, los fondos de inversión se retiraron de esos mercados, empujando las cotizaciones a la baja. Las posiciones pasaron de 58 mil millones de dólares a 8 mil millones.
Amarga ironía, apenas el 4 de junio de 2009, la FAO señalaba en su informe Perspectivas alimentarias que, gracias a las expectativas de una segunda cosecha récord de cereales para este año y las reservas restablecidas, el suministro mundial de alimentos parecía menos vulnerable a sufrir vaivenes. No hay en ello novedad. Durante 2007 la producción mundial de granos aumentó 4% en relación con 2006. Y a pesar de ello los precios se dispararon.
Un pequeño déficit en la producción mundial de alimentos, o la amenaza de éste, combinado con un dólar débil y el aumento de precios del petróleo, podría ser suficiente para crear otra explosión de la actividad especulativa de alimentos básicos.
Más allá de los factores climáticos provocados por el aumento global de la temperatura, los incendios en Rusia, los conflictos en algunas regiones y factores de orden macroeconómico, detrás de esta nueva alza en el costo de los alimentos se encuentran factores coyunturales y estructurales. Entre los primeros son evidentes el papel de la especulación en los mercados de futuros de granos y la renovada demanda por parte de las empresas productoras de agrocombustibles. Entre los segundos está la crisis de un modelo de desarrollo agrícola basado en el impulso a la agricultura industrial, la intervención estatal en el sector de los países desarrollados con fuertes subsidios y las nuevas modalidades de intervención del capital en el mundo rural.
Tres bolsas de valores en el mundo fijan el precio de los alimentos en los mercados a plazo: la bolsa de Chicago, de Kansas City y de Minneapolis. Los precios a futuro contratados en Estados Unidos en estas bolsas impactan los precios agrícolas en todo el mundo. Del mismo modo, condicionan el precio a futuro y el actual.
En el mercado de Chicago se negocian como mercancías unos 25 productos agrícolas. Los fondos de cobertura actúan tanto en el mercado de futuros como en la compra de compañías especializadas en el almacenaje de producción agrícola.
Diversos analistas señalan que es muy difícil cuantificar exactamente la inversión financiera en el sector agrícola que puede considerar especulativa. Sin embargo, varias estimaciones concluyen que al menos un 55% de la totalidad de la inversión financiera en lo agrícola cumple con estas características. En el caso del trigo, el porcentaje es aún mayor: los fondos de inversión controlan entre 50 y 60%.

Asesinato silencioso. Para las grandes empresas, la caída en el valor de las mercancías de exportación agrícolas no supuso problemas graves. En la recesión económica de la década de los setenta, compañías como General Mills y Kellog se expandieron y tuvieron un mejor desempeño bursátil.
Pero la mayoría de pequeños productores rurales no se benefició de los altos precios que hasta hace poco se pagaban por los granos básicos. En ocasiones estos precios altos llegaron cuando sus cosechas ya estaban vendidas o debieron pagar más por el crédito, los fertilizantes, plaguicidas y combustibles. Las ganancias quedaron en manos de los grandes productores, las empresas agroalimentarias y los especuladores. En 2008 sufrieron la acción combinada de precios de cosechas más bajos y altos costos de producción. Muchos realizaron grandes inversiones. Difícilmente recuperaron el capital que le metieron a las cosechas. Las empresas de insumos agrícolas, desde los fertilizantes hasta las semillas, aprovecharon el auge para cobrar más por sus mercancías. Los agricultores medianamente prósperos aplazaron la compra de maquinaria.
La crisis financiera global contrajo y encareció el crédito destinado al campo. En todo el mundo los productores rurales enfrentan grandes dificultades para tener acceso a éste. Para los campesinos y pequeños productores familiares será casi imposible recibirlo; esa puerta se ha cerrado para ellos.
Para los pobres del mundo, las noticias no son buenas. El futuro inmediato será de penuria alimentaria y altos precios. No hay perspectiva de comida barata.
El asesinato silencioso en masa que viven hoy los pueblos debe ser detenido. Ello sólo será posible cambiando drásticamente el actual sistema agroalimentario. La solución al problema está en manos de 1 500 millones de campesinos minifundistas, a los que, por todos los medios, se ha tratado de expulsar de sus parcelas. Tres cuartas partes de los pobres del mundo sobreviven de la agricultura, y 95% de los campesinos habita en países pobres. Es a ellos a quienes debe apoyarse.
Deben impulsarse políticas públicas que defiendan la soberanía alimentaria de las naciones. Los gobiernos deben tener el derecho a cerrar sus fronteras para defender su producción interna, apoyar a sus productores con los estímulos que consideren convenientes. Hoy, más que nunca, la agricultura debe estar fuera de la Organización Mundial del Comercio.
Como lo saben quienes han vivido guerras, la mayor debilidad de una nación es depender de otras para alimentar a sus ciudadanos. La comida más cara es la que no se tiene.

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