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Autor(a): Biodiversidad
Fecha: 05 julio 2018
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Biodiversidad | 05 julio 2018 | Biodiversidad 97 / 2018-3

La foto nos muestra a Durcilene Até, del pueblo rikbaktsa, ahumando pescado para una fiesta, en el Mato Grosso brasilero. Una acción simple, sencilla, pero que está realizada con todo el cuidado y la atención posibles, porque hacerlo significa un cariño para su familia, para la comunidad, para el pescado mismo al prepararlo como se merece un regalo así que nuestro entorno de subsistencia, nuestro territorio, nos brinda siempre y cuando tengamos otra serie de cuidados que implican pescar y al mismo tiempo mantener la vida de los peces y del río y de las nubes y los árboles y como tal del bosque. Es mantener un tramado de detalles que implican conversaciones diversas de las personas con los seres naturales y espirituales que cohabitan con nosotros en esa crianza mutua donde cada quién pesa porque valoramos la relación, las relaciones. Son complejos tejidos de vínculos que rebasan con mucho la mera idea de la solidaridad porque lo que aquí se implica es un cariño hacia las demás personas, hacia todo lo que nos cuida a nosotros de vuelta: el bosque, la chacra o milpa, los cuerpos de agua (ríos, manantiales, lagunas), el páramo, la selva o el desierto.

Son los cuidados: todo aquello que se hace (y se tiene que hacer ineludiblemente para mantener el flujo de nuestra vida). Para resolver lo que más nos importa, lo que termina siendo lo más pertinente para nuestra vida individual y nuestra vida con otros y otras. Lo colectivo, la comunidad. Y con la llamada Naturaleza.

Y si esto en el ámbito rural es tan claro (por eso es tan crucial la existencia campesina y el cultivo de toda su experiencia para el mundo), en las ciudades donde los vínculos están siempre en proceso conflictivo de fragmentarse mucho más que en el campo, esto se torna urgente —visceralmente de vida o muerte para la gente en los barrios, las comunidades, las familias. Para nuestro corazón de personas a las que nos importa lo que venga. Para quienes sintamos responsabilidad y cultivemos nuestro corazón y nuestra co-razón, nuestra historia y nuestra justicia sin perdernos en la mezquindad y el egoísmo, en la sinrazón de la superficialidad y la esclavitud interior.

Los intentos de control de los sistemas nos tienen atrapados en sus premisas y buscan rasgar el tejido de lo que somos, volvernos dependientes, precarizados y propensos a trabajar en las peores condiciones.

Cómo podemos romper los círculos viciosos que nos aprisionan. Cómo impedir que quienes nos buscan sojuzgar nos hagan pensar (y sentir) que todo es culpa nuestra. Que somos incapaces, ignorantes, ineficaces, obsoletos, redundantes.

Cómo impedir que nos roben la narrativa de nuestra existencia, que nos borren las razones del despojo, la devastación o el sojuzgamiento.

Abramos nuestra mirada a entender la imposición de tanto desarraigo, de la ominosa influencia de industrias, corporaciones y organismos internacionales y gobiernos nacionales. Defendámonos e impidamos la invasión y el acaparamiento. Sean empresas o países extranjeros. Sea Estados Unidos, China, Rusia o cualquier bandera que se arrogue el poder de someter países, comunidades, regiones con sus bienes comunes, sus riquezas materiales y espirituales. Ese sentido de no dejarnos es quizá el más extremo y crucial de nuestros cuidados. 

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