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Guatemala: Declaración de Iximulew

Encuentro de Sabias y Sabios de Semillas y otros Saberes Tradicionales de México, Centroamérica, Ecuador y Colombia | 26 octubre 2018 | semillas & biodiversidad | Mexico

Presentamos esta declaración, emanada del Encuentro de Sabias y Sabios de Semillas y otros Saberes Tradicionales de México, Centroamérica, Ecuador y Colombia, y del XII Encuentro Nacional de Agroecología en Guatemala, reuniones celebradas en Chimaltenango entre el 14 y el 18 de octubre de 2018.

Todo esto es parte de un proceso que comenzó hace años con la declaración de Yvapuruvú para defender la integralidad y la libertad con responsabilidad comunitaria de las semillas y el rechazo a los sistemas de privatización y patentes, incluido UPOV, los derechos sui generis, los derechos de propiedad intelectual colectiva y las leyes de semillas. Prosiguió en el Encuentro Sur-Sur de Durban, de donde surgió una segunda declaración defendiendo la semillas de todo tipo de propiedad intelectual y de nuevo rechazando las leyes de semillas, para culminar en un encuentro de semillas en México en 2017 donde se acordó emprender un encuentro de sabias y sabios de semillas de México, Centroamérica, Colombia y Ecuador en Guatemala que tarde o temprano podría convertirse en un proceso continental para conectar a la gente que durante milenios ha cuidado las semillas y todo el tejido de saberes donde se alojan éstas. 


Declaración de Iximulew

Desde Chimaltenango, Guatemala, los pueblos wixaritari, tseltal y zapoteca de México, k'iché, kaqchikel, achi', tz'utujil, mam y q'eqchíl de Guatemala, comunidades campesinas de El Salvador, el pueblo lenca de Honduras, comunidades campesinas de Nicaragua, el pueblo bri-bri de Costa Rica, el pueblo kuna de Panamá, el Resguardo de Purasé y su pueblo kokonuko, las comunidades campesinas de Nariño y Santander de Colombia, y el pueblo quichua de Ecuador (que somos cultura viva cuyas raíces siguen siendo fuertes y profundas expresadas en el cuidado de la Madre Tierra y en la crianza mutua del territorio en estrecha relación con los bienes y ámbitos comunes), reivindicamos nuestra presencia ancestral y contemporánea ante el mundo entero. Somos hijas e hijos del maíz, somos pueblos de maíz.

Estos cuidados son nuestras formas de cultivo y alimentación tradicional, nuestros saberes y prácticas de sanación y partería tradicional, nuestros gobiernos tradicionales y de organización comunitaria que incluye la resolución de conflictos y la aplicación de la justicia de modo autónomo, nuestra relación con el territorio y los seres naturales y espirituales que lo conforman (incluidos nuestros ancestros), nuestra lectura de los tiempos, de las lunas y de la densidad de las aguas; nuestras tradiciones y saberes expresados en el diseño de textiles, la cerámica, el vestuario, desde nuestra cosmovisión. Todos estos elementos, que configuran el tejido y complejidad de nuestro territorio, nos han permitido fundar nuestra vida comunitaria, nuestra permanencia milenaria, el mantener el legado de nuestras abuelas y abuelos, y el seguir soñando con la diversidad del mundo en condiciones de justicia y vida digna. Ésta es nuestra confianza y nuestro orgullo: nuestro modo de mirar la vida cuidando el equilibrio y la supervivencia futura de nuestro planeta.

Hace miles de años que las sociedades humanas hemos crecido en crianza mutua con nuestros cultivos y nuestras semillas. Éstas son obra y parte de la historia de los pueblos y sus sistemas de saberes. Son más de 8 mil años de trabajo, experimentación y creatividad, y una interminable conversación colectiva con todos sus varios cuidados. Esa crianza mutua promovió formas específicas de cultivar y compartir visiones del mundo, de alimentación, de sanación, de partería, prácticas ligadas a normas comunitarias, responsabilidades, obligaciones y derechos.

La libertad de las semillas depende de la responsabilidad de los pueblos y comunidades que las defienden y mantienen, para cuidarlas y gozar de los bienes que nos brindan.

Las semillas son la base fundamental del sustento de los pueblos. Si hoy podemos alimentarnos y nutrirnos de la agricultura gozando de los sabores y la cocina, si podemos alimentarnos y sustentar a la humanidad, es porque los pueblos las cuidan, las comparten y buscan que las semillas sigan fluyendo.

Hoy hay un asalto renovado y cada vez más fuerte sobre las semillas (nuestro legado de la biodiversidad agrícola) y los saberes que les dan sentido, incluidos los complementos de saberes relacionados con el cuidado de nuestros animales.

Este ataque pretende acabar con la agricultura campesina y originaria, acabar con la producción independiente de alimentos. Teniendo una soberanía alimentaria plena no sería tan fácil convertirnos en mano de obra barata y dependiente, en gente sin territorio y sin historia. Es una cruzada política y tecnocrática coordinada, para imponernos leyes y reglamentos uniformes y rígidos en favor de patentes y “derechos de obtención” para intereses privados. Hay un empeño en desacreditar nuestras prácticas históricas, nuestros saberes ancestrales indígenas campesinos, todos aquellos cuidados con los que resolvemos lo que más nos importa, porque les es crucial fragilizarnos, hacernos dependientes e incluso criminalizarnos, reprimirnos, encarcelarnos, desaparecernos, asesinarnos si decidimos no aceptar sus imposiciones y persecuciones.

El centro más visible del ataque a las semillas y a lo que significan es la propiedad intelectual, son las llamadas leyes de derechos de obtentor o leyes UPOV, pero también las leyes de certificación, los registros de variedades y las leyes de comercialización.

De lo que se trata es de legalizar el abuso, el despojo y la devastación irresponsable.  La privatización y el despojo se apoyan en otras normas que hoy nos imponen: normas de inocuidad alimentaria, normas de certificación de productores y ecosistemas, las mal llamadas buenas prácticas agrícolas, las nuevas oleadas de la Revolución Verde, los paquetes de agroquímicos, las normas fitosanitarias, los programas de servicios ambientales, los programas de desarrollo y financiamiento agrícola, la introducción de nuevas tecnologías y especialmente los transgénicos y la amenaza de la introducción de cultivos Terminator, la biología sintética, los encadenamientos productivos, la agricultura por contrato, los planes de ordenamiento territorial, los servicios ambientales y otras falsas soluciones a las crisis climáticas, las asociaciones con grandes empresarios, las Zonas Económicas Especiales.

Todo este desprecio es en realidad una guerra contra la subsistencia de los pueblos. Las corporaciones, los Estados y organismos internacionales, en aras del capitalismo, buscan que nuestras posibilidades de resistir se debiliten, que abandonemos nuestros oficios y labores, nuestras tierras y nuestros territorios para dejar el campo libre al acaparamiento de nuestros ecosistemas.

Esta expulsión se expresa de una manera dramática en las caravanas de migrantes centroamericanos que surcan las carreteras como verdaderos expulsados de su vida por las empresas y gobiernos que les robaron el horizonte de su historia. Hoy buscan en esa caravana nuevos horizontes para sobrevivir y volver a existir.

Las empresas quieren campo para instalar sumideros de desechos urbanos y tóxicos, apropiarse de todas las fuentes de agua o contaminarlas por su uso irresponsable y acaparador, imponer un sistema de extracción de minerales y energía eléctrica, eólica y solar a gran escala y un sistema agroalimentario industrial basado en la explotación de los bosques, los monocultivos de árboles y materias primas para productos comestibles ultra procesados, productos industriales y agrocombustibles.

Para ello han diseñado tratados de libre comercio que activan sistemas de normas y regulaciones que abren margen de maniobra para las empresas y frenan la posibilidad de que la gente obtenga justicia.

Frente a ello, los pueblos originarios, con nuestra presencia ancestral, quienes reivindicamos nuestra relación con los seres naturales y espirituales, tenemos el deber y el derecho colectivo e histórico de recuperar, fortalecer y mantener el cuidado y la protección de nuestras formas de vida indígena y campesina, de nuestros saberes y derecho propio, nuestra autonomía y por ende nuestras formas de gobierno, nuestras leyes naturales o de origen, nuestros sistemas de sanación, partería y educación, nuestros cuidados del territorio, nuestras asambleas y nuestros autoridades propias, nuestras semillas nativas y nuestra agricultura tradicional campesina.

Es una responsabilidad que hemos asumido sin dudar: en todo el continente se multiplican las luchas en defensa de nuestros territorios ante el embate de las corporaciones y los contratos con los que nos quieren someter. Como corazón de la resistencia siguen estando las semillas en manos de los pueblos. Seguimos empeñados en resistir el despojo que viene de toda forma de propiedad intelectual y de las privatizaciones, seguiremos defendiendo nuestra vida ante los tratados de libre comercio y ante las políticas públicas que buscan desaparecernos o hacernos mano de obra semi esclavizada en los invernaderos del monocultivo y expulsada de su territorio.

Seguiremos cuidando, intercambiando semillas y saberes, seguiremos sembrando nuestro maíz y nuestras milpas, parcelas y chacras en toda su biodiversidad agrícola, y enseñando a nuevas generaciones cómo cultivarlas y mantenerlas. Producir nuestros propios alimentos, resolver con nuestros propios medios lo que más nos importa, nos permite la libertad necesaria para defender nuestros ámbitos y cuidados comunes, nuestras asambleas y nuestras autoridades.

Estamos comprometidas y comprometidos con la cultura que nos legaron nuestros abuelos, con nuestro planeta y los bienes naturales y seres espirituales de nuestro territorio con la vida de hoy y del futuro.

Reivindicamos y reafirmamos el papel fundamental que han tenido y tienen las mujeres en nuestra vida, por lo que estamos decididas y decididos a transformar las relaciones hacia plenas condiciones de equidad y de igualdad, comprometiéndonos a erradicar el patriarcado y todas sus expresiones de violencia.

También reivindicamos la presencia y crucial importancia de nuestros jóvenes, niños y niñas, verdadera riqueza del presente y el futuro, herederos de nuestra lucha y dignidad.

Nos declaramos en desobediencia civil contra tratados, convenios y leyes que fomentan el despojo de los bienes comunes y de los saberes de nuestros pueblos.

Saludamos la dignidad de las personas que han sido encarceladas por defender su historia, su territorio y la vida de sus hermanas y hermanos. Sabemos que estar en prisión es la demostración de su fidelidad a las luchas en que están empeñadas. Va nuestro corazón a su esfuerzo y entereza.

Nos negamos a cualquier imposición de decisiones.

Defendemos nuestros territorios libres de transgénicos, agro-tóxicos, y propiedad intelectual.

Reivindicamos el reconocimiento y respeto a las decisiones de los pueblos, y reclamamos el ejercicio del consentimiento o negativa previa, libre e informada, apelando a nuestra libre determinación y autonomía.

Los pueblos originarios en resistencia, guardianes de las semillas, volveremos por miles. Desde nuestras raíces germinará nuestra presencia.

Encuentro de Sabias y Sabios de Semillas y otros Saberes Tradicionales de México, Centroamérica, Ecuador y Colombia,
Iximulew (Tierra del Maíz) - Guatemala, 18 de octubre de 2018.

Nota: Algunos fragmentos de este documento fueron extraídos de la Declaración de Yvapuruvú, en Paraguay (18 de octubre de 2013) y de la Declaración de Durban, Sudáfrica (29 de noviembre de 2015) ambas, documentos de reivindicación de las semillas nativas que reconocemos y reafirmamos.

Fuente: Biodiversidad en América Latina y el Caribe

 

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