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Autor(a): Biodiversidad
Fecha: 30 enero 2013
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Biodiversidad | 30 enero 2013 | Biodiversidad - Ene 2013

En el caso de la foto de la portada, el hombre cultiva la tierra en un montículo o isla elaborada por las comunidades nahuas del lago de Xochimilco, reivindicando un sistema ancestral que era tan sustentable que permitía experimentar con policultivos y obtener grandes rendimientos, brindando alimentos a la enorme urbe que ya cuando llegaron los españoles a América era una de las ciudades más grandes del mundo (lo que no necesariamente es un orgullo). En estos camellones, montículos o parcelas acuáticas, verdaderas islas de cultivos diversos, ricos en materia orgánica y humedad, los pueblos indígenas promovieron la biodiversidad en todos sus cultivos, se interpenetraron con su territorio, y tras siglos y siglos mantuvieron esos cultivos y más, pues  investigaciones recientes muestran que lo que supuestamente es “naturaleza virgen” tiene mucha mano humana, colectiva, que durante milenios ha procurado el bienestar de todo.

Pero las agroindustrias, ávidas de ganancias y de un control más y más absoluto sobre toda la cadena alimentaria, y por ende sobre la existencia de los pueblos, están empeñadas en escindir a la gente de sus entornos, sus fuentes y medios de subsistencia. No quisieran que la gente pudiera resolver su alimentación y pretenden mantenerlos sometidos como mano de obra fragilizada, urgida de dinero para comprar alimentos de muy dudosa calidad, a los precios que a las empresas les parezca vender (según las especulaciones en que estén metidas).

Para ello, uno de los instrumentos más devastadores que han descubierto los diseñadores de productos tecnológicos a partir de prácticas científicas corruptas, es el desarrollo de una biotecnología basada en los transgénicos, en el rediseño genético, siempre de laboratorio, de las variedades naturales, interviniendo brutalmente el ritmo y la escala de los cambios y transformaciones propias del mundo vegetal, para imponer transformaciones que nunca habrían ocurrido naturalmente.

Y aunque los promocionan mintiendo que van a resolver muchos problemas, como no muchos parecen convencidos han tenido que recurrir al cabildeo jurídico y a nivel de las dependencias gubernamentales para literalmente imponer desde ahí sus productos tecnológicos. Los gobiernos sí han dispuesto que se promocionen cual si fueran una gran solución a los problemas de la agricultura (problemas que las mismas empresas provocaron cuando impusieron la anterior moda de remiendos tecnológicos: los agroquímicos). Y ahora los anuncian como la solución al hambre en el mundo, cuando que hoy con biotecnología hay más hambrientos que nunca.

El caso es que ahora, América Latina está literalmente amenazada por las semillas transgénicas, porque en muchos de sus países hay la intención expresa de inundar (de una vez por todas, claman) el enormísimo espacio de sabiduría milenaria agrícola con sus remiendos seudo-científicos poco probados, de dudosa factura, y que potencialmente tienen efectos nocivos, devastadores sobre la biodiversidad natural, sobre la privatización de los bienes comunes de la humanidad, sobre los sistemas jurídicos y su lógica, su alcance y su protección del gran bagaje de semillas, y de la subsistencia concreta de vastas poblaciones.

Hoy, de norte a sur, se busca abrirle margen de maniobra a los transgénicos: en California, EUA (donde las autoridades se niegan al etiquetado de los transgénicos); en México (donde el gobierno está a punto de aprobar una avalancha de cultivos comerciales con maíz transgénico en más de 2 millones 400 mil hectáreas con tal de beneficiar a Monsanto, Pioneer y Dow, pese a ser el centro de origen del maíz); en Guatemala, Honduras, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Chile (que sufren o avalancha de transgénicos o posibles leyes de propiedad intelectual y privatización de las semillas mediante instrumentos jurídicos acaparadores, erosionantes, represivos, obtusos como UPOV y varias leyes de variedades vegetales) y en Bolivia, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil (donde los añejos hacendados, esos terratenientes acaparadores de semillas, tierras, aguas y contratos de variado tipo, en una liga internacional  conocida como la República Unida de la Soja, están dispuestos a todo, es decir, a la imposición, la devastación, el despojo, el sometimiento, la represión, la persecución, el asesinato y hasta al golpe de Estado con tal de imponer sus intereses, que no paran ante ninguna estructura democrática).

Pero los pueblos resisten. Por eso, en un reciente boletín de prensa (17 de enero) la Red en Defensa de Maíz, el movimiento estudiantil mexicano Yo Soy 132, Jóvenes ante la Emergencia Nacional y varias organizaciones del Movimiento Urbano Popular mexicano, afirman: “Rechazamos tajantemente al  maíz transgénico por representar un crimen contra la humanidad, ya que destruye la integridad genética, la fuerza vital, de uno de los cuatro principales alimentos de todos los habitantes del mundo, en su centro de origen. Destruye las posibilidades de producción independiente, plantea una uniformidad útil únicamente a la industria, y está cuestionado en todo el mundo por sus efectos en la salud humana y el medio ambiente”.

Por eso la Campaña de Semillas Libres en Colombia recalcaba desde octubre de 2012, en plena resistencia contra la imposición de una legislación de semillas, a todas luces nociva: “Las semillas son parte esencial de la vida; ellas son el resultado del trabajo colectivo  de miles de generaciones de agricultores y agricultoras, desde épocas ancestrales. Para las comunidades campesinas, indígenas y afrocolombianas las semillas han sido el fundamento de su cultura, de sus sistemas productivos. Es por ello que los agricultores tienen el derecho al libre acceso, a la producción, a guardar, intercambiar y vender las semillas. Las semillas nativas y criollas, se constituyen en el seguro que tiene la humanidad para enfrentar la profunda crisis de la agricultura frente al cambio climático. Las semillas son la base de la libertad de los alimentos, ya que son el primer eslabón en la cadena alimentaria. Sin semillas libres de propiedad intelectual y sin el control local de sus territorios, no es viable la soberanía y autonomía alimentaria de toda la población  y tampoco es posible que las comunidades vivan dignamente en el campo y en paz”.

Hoy, en la lucha contra los transgénicos y contra la imposición de leyes de privatización, erosión y criminalización de las semillas nativas, se juega el futuro de la independencia de los pueblos, de la verdadera autonomía y la defensa territorial de nuestra América. Ahí, estará Biodiversidad, dispuesta a documentar los argumentos que le brinden a las comunidades herramientas de resistencia, claridad y fuerza.

Biodiversidad

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