Biodiversidad 94 / 2017-4

El propósito inicial de los tratados de libre comercio fue ser candados que impedían o revertían cualquier modificación de las llamadas reformas estructurales del Banco Mundial y del FMI, que desmantelaron las políticas públicas que durante años definieran un cierto horizonte de desarrollo con justicia. Hoy los TLC bilaterales o multilaterales, propugnan un interminable desmantelamiento jurídico de las leyes que impulsaban derechos colectivos y protegían ámbitos comunes, los territorios de los pueblos originarios y campesinos, sus tierras, semillas, aguas, montañas, minerales y bosques. Brindan a las corporaciones acceso a nuevos mercados, derechos de propiedad intelectual, telecomunicaciones y energía. Permiten una devastación ambiental sin precedentes; la precariedad laboral cercana a la esclavitud les es crucial. Los gobiernos signatarios son forzados a reformar y volver a reformar sus leyes con compromisos vinculantes para no dar marcha atrás.

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Editorial

Biodiversidad y Grain | 01 noviembre 2017 | Biodiversidad 94 / 2017-4

No es posible transigir con posiciones que buscan reformar o remodelar los tratados para hacerlos “más humanos”. Requerimos identificarlos como “instrumentos integrales que promueven y afianzan el imperialismo y el poder del capital global, cumpliendo sus objetivos geopolíticos”, y no dejarnos distraer de nuestro trabajo organizativo y anti-sistémico “fuera del cajón del capitalismo”, por campañas fragmentarias y superficiales. La defensa de nuestros territorios y la construcción de la autonomía de los pueblos, así lo exige.

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En los últimos 30 años, la gente ha respondido a los impactos económicos, sociales y políticos de la globalización capitalista organizándose en colectivo, mediante fuertes movimientos sociales, y promoviendo un pensamiento progresista radical. Están también los levantamientos críticos contra los llamados tratados de libre comercio e inversiones, incluido el movimiento zapatista en Chiapas, México, que rechazó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). En todo el mundo, las personas que en otros países se enfrentan a iniciativas similares se organizaron y movilizaron para detener estas iniciativas.

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Los nuevos acuerdos de comercio, escritos por y para los intereses corporativos, perjudican a trabajadores y trabajadoras, comunidades y medio ambiente. Las disposiciones de estos nuevos acuerdos de comercio transforman a la mayoría de los países en desarrollo en fuente de mano de obra barata y desprotegida al servicio de las empresas transnacionales.

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Fuera el libre comercio de nuestras vidas

Acción por la Biodiversidad | 01 noviembre 2017 | Biodiversidad 94 / 2017-4

Las discusiones sobre comercio internacional pueden parecer cuestiones lejanas a nuestra vida cotidiana, pero lo cierto es que afectan profundamente muchos aspectos fundamentales como el trabajo, el acceso a la salud, a la educación, al conocimiento, los servicios y el derecho a la alimentación. Por eso es tan importante entender qué es la OMC, qué se discute en esta reunión Ministerial y cómo afecta a nuestra vida y a nuestros derechos.

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Con todo este andamiaje de convenios se está logrando la legalización internacional del despojo de la riqueza biológica y cultural de pueblos y comunidades. El problema es que, en su abrumadora mayoría, ni siquiera conocen de su existencia ni menos han discutido a fondo sus premisas. Éstas se encuentran basadas en la imposición de la propiedad privada individual bajo el “derecho positivo” (escrito y formal), en contraste con el “derecho consuetudinario” (no escrito) de naturaleza colectiva, transgeneracional y a veces transfronteriza sobre la base de su sustento, sus saberes, prácticas e innovaciones imposibles de aprisionar en una ley que desnaturaliza el derecho consuetudinario, cuyo control y solución de controversias queda en manos de la “justicia” nacional o transnacional.

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Las vías de entrada del capital transnacional en la agricultura son diversas y han presionado para consolidar diferentes tendencias. Por un lado, la privatización y mercantilización de las semillas vía la reglamentación de derechos de propiedad intelectual. Por otro, la financiarización de la naturaleza ha llevado a que los alimentos pasen a ser activos financieros y como tal, receptores de importantes inversiones, comercializables en el mercado financiero y sujetos de especulación.

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Desde hace décadas, cuando se comenzó a imponer a nivel global el “libre comercio”, las voces de pueblos indígenas y campesinos fueron las primeras que se alzaron para cuestionar este modelo. Y es muy significativo que esas luchas fueron en los últimos 25 años las que más esperanzas despertaron a nivel global de que otro mundo era posible. Hoy esas voces se han multiplicado, se consolidan en experiencias organizativas, comunitarias y políticas que siguen alumbrando futuro.

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