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Author: Biodiversidad
Date: 25 April 2018
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Biodiversidad | 25 April 2018 | Biodiversidad 96 / 2018-2

La foto de la portada nos muestra una pareja de trabajadores agrícolas (mujer y hombre) que sonrientes afrontan con entereza lo que les toca vivir. Pero podríamos decir, pese a todo lo que la agroindustria ha perpetrado en la región de donde provienen y que incide en su vida individual de un modo contundente.

Estamos en un momento del mundo donde el sistema agroalimentario mundial va invadiendo más y más espacios para establecer monocultivos, al aire libre o en invernaderos, saturados de agroquímicos y utilizando una mano de obra ultra-precarizada, a veces incluso en condiciones de semi-esclavitud o esclavitud abierta. Las condiciones de vivienda y salud que imponen son sumamente precarias, el calor (sobre todo en los invernaderos) es de los 40 grados y más, y el rocío de los agrotóxicos es constante (al grado de ser de los grupos más expuestos a los efectos envenenantes de los agroquímicos). Tras de sí, estas empresas van acumulando el acaparamiento de tierras, la contaminación de aguas (que es otro acaparamiento), la devastación del suelo, los bosques y el ambiente en general. La obsolescencia programada hace de las infraestructuras  e instalaciones cascarones inútiles que infestan los espacios con fantasmas, con ruinas que son el símbolo del destino que nos tienen programado con tal de sumar ganancia tras ganancia.

Para el agronegocio nada importa: todo son costos externalizados y la sociedad en su conjunto pagamos para que las corporaciones sigan lucrando.

Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) “el número de trabajadores activos en la producción agrícola mundial es de mil 300 millones de personas, lo que corresponde al 50% de la mano de obra en el mundo”. Lo contundente es que mientras “la fuerza de trabajo dedicada a la agricultura representa menos del 10% de la población económicamente activa en los países industrializados, alcanza el 59% en las regiones menos desarrolladas”.

Pero hay que resaltar que esa población trabajando empleada en el campo fue expulsada por el desplome de su actividad agrícola como efecto directo de la cauda de regulaciones y políticas públicas (y sus reglas de operación), surgidas de los tratados de libre comercio que están perturbando la vida de las comunidades y los pueblos debido a las ventajas comparativas que lograron imponer desregulando las disposiciones laborales y las medidas de protección al ambiente y la naturaleza.

Y es que tales tratados, ya lo hemos dicho antes, son dispositivos para evadir responsabilidades e impulsar los intereses corporativos en contra de la voluntad de las poblaciones donde se instala su régimen de disposiciones y desregulaciones.

Biodiversidad, sustento y culturas seguirá insistiendo en documentar las razones de los agravios, y los efectos directos dañinos para la vida y la sustentabilidad de las comunidades rurales y la población urbana, provocados por los tratados de libre comercio que no sólo no van a concluir como luego anuncian los “expertos” sino que se preparan para recrudecer sus términos y condiciones.

Por si fuera poco, esta situación sistémica y estructural de desasosiego es particularmente virulenta para las mujeres que en un abrumante número de casos son agraviadas por una violencia y un hostigamiento continuos en todos los estratos sociales.

Biodiversidad

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