Si pensamos en los grandes causantes del cambio climático, con frecuencia pensamos en automóviles y transporte aéreo. Mas los cambios producidos durante el siglo XX en el modo de producir y consumir alimentos, resultó en emisiones de gases con efecto de invernadero (GEI) mayores que las del transporte. La producción industrial de carne y lácteos es la principal culpable.

Establo en Arizona. Disminuir el consumo de carnes y lácteos, especialmente en América del Norte y Europa, tendría un impacto significativo. (Foto: Wongaboo)

El cálculo oficial citado con más frecuencia dice que el sistema alimentario es responsable de hasta un 30 % de las emisiones de GEI. Algunas de éstas se deben al aumento de los alimentos empacados y congelados, a mayores distancias que los alimentos deben transportarse y al aumento en los desechos. Pero la fuente más importante de emisiones de GEI relacionadas con los sistemas de producción alimentaria es el aumento del consumo de carnes y lácteos —ocurrido por la expansión de la ganadería industrial y de cultivos para alimentación animal con uso intensivo de agroquímicos. La Organización para la Alimentación y la Agricultura de Las Naciones Unidas (FAO) señala que sólo la producción de carne genera más GEI que todo el transporte mundial combinado.

Reducir el consumo de carnes y lácteos es un imperativo, especialmente en EUA, Europa y otras naciones ricas que llevan décadas subsidiando la producción industrial de carnes y lácteos. Las leyes en estos países generan ganancias astronómicas para las corporaciones erosionando la salud de sus poblaciones mientras dañan el clima planetario.

Disminuir el consumo requiere primero entender qué sistemas de producción de carne y lácteos son los que provocan los mayores daños y los mecanismos y políticas que los impulsaron. Los pequeños ganaderos en los países pobres y los campesinos que ejercen una agricultura diversificada, no son el problema. El verdadero crimen climático es la producción industrial en agro-factorías —que promueven las corporaciones de la carne presionando por subsidios mediante los acuerdos de libre comercio.

¿Reducir el consumo de carne realmente frenaría el cambio climático? La respuesta es muy simple: sí.

Beneficios adicionales de la reducción del consumo de carne y lácteos

Además de reducir la emisión global de GEI,  reducir el consumo en los países que hoy consumen mucha carne y lácteos podría tener beneficios importantes en la asistencia social y de salud. Un estudio muestra que reducir el consumo de carne como medio para combatir el cambio climático, reduciría el riesgo de cáncer de colon, enfermedades cardiacas y enfermedades pulmonares en 34 %, a nivel mundial. Otro estudio señala que reduciría la mortalidad mundial de 6 a 10 % para 2050, traduciéndose en un ahorro en costos de cuidados de salud de 735 mil millones de dólares anuales.

Otros científicos señalan que disminuir el consumo de carne y lácteos podría reducir enfermedades infecciosas y la resistencia a los antibióticos y sus efectos secundarios. Se dice que la adopción mundial de una dieta saludable podría reducir los costos de mitigación para la industria energética en un 50 % para 2050. Esto liberaría tierra, usada en la producción de alimentos para animales; si se combina con otras  políticas, esto ayudaría a los pequeños agricultores a acceder a la tierra, tan necesaria.

Un estudio reciente señala: “si las personas mantuvieran el consumo de carne según recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, el mundo reduciría un 40 % de todas las emisiones de GEI actuales.
Las emisiones procedentes de la carne también aumentan en China (su consumo de carne es 58.2 kg por persona por año), en Vietnam y otros países donde los restaurantes de comida rápida, las importaciones de carne y las granjas indsutriales se expanden con rapidez. Si la tendencia continúa, el consumo de carne mundial aumentará 76 % hacia 2050, mientras que las emisiones procedentes de los lácteos, otra gran fuente de emisiones del sector alimentario, aumentará en 65 %.

Los beneficios se sentirían bastante rápido. El metano, el principal gas de invernadero, procedente de la ganadería, permanece en la atmósfera por diez años solamente, mientras que el dióxido de carbono dura 200 años. El metano captura 28 veces más calor que el CO2. Así, disminuir la producción de metano puede tener un efecto relativamente rápido. Reducir el desecho de alimentos —en especial carne— puede tener un impacto importante. Un tercio de los alimentos que producimos es desechado, generando unas 4.4 giga toneladas de emisiones de gases con efecto de invernadero anuales. La carne da cuenta de menos de un 4 % del desecho alimentario según el peso, pero provoca 20 % de la huella de carbono del desperdicio alimentario.

Adaptada de: Skye Gould/Business Insider, “How much meat people eat around the world” (infographic), 29 de septiembre, 2016, http://www.businessinsider.com/where-do-people-eat-the-most-meat-2016-10

Las agrofactorías son el problema, no los pequeños agricultores y ganaderos. Los pequeños agricultores y ganaderos no tienen nada que perder ante una disminución del consumo global de carne y lácteos. En la mayor parte del Sur Global —donde el consumo de carne y lácteos tiene un nivel sustentable— el ganado lo crían 630 millones de campesinos con prácticas de emisión baja, como la agricultura mixta, más 200 millones de pastores y pequeños ganaderos que frecuentemente dejan pastar a sus animales en áreas donde no se desarrollan los cultivos. Estos sistemas productivos y de consumo no sólo contribuyen muy poco al cambio climático, sino que la diversidad de sus sistemas crea relaciones positivas entre los cultivos y el ganado (como reciclar el deshecho animal y los residuos de los cultivos) y un uso “multifuncional” de su ganado (para tracción, energía, trabajo, cueros y obtención de dinero efectivo). La producción ganadera en pequeña escala mejora la nutrición familiar y permite que las personas accedan a alimentos de origen animal y vegetal. En estos sistemas, el ganado es una parte esencial del sustento familiar, de la seguridad alimentaria y la salud, y es parte integral de tradiciones culturales y religiosas.

La producción industrial de carne y lácteos se ubica al otro extremo del espectro. Se basa en la producción altamente concentrada de carne a bajo costo y de excedentes de leche en polvo, los cuales son transados como materias primas. Este excedente de producción sostiene el crecimiento no sustentable del consumo global —y el espectacular aumento de las emisiones de gases con efecto de invernadero.

Las granjas industriales o agrofactorías son el segmento de más rápido crecimiento de la producción de carne y lácteos. Constituyen el 80 % del crecimiento de la producción de carnes y lácteos a nivel global en los años recientes. La producción industrial de ganado ha crecido a una tasa anual igual al doble de la velocidad de crecimiento de los sistemas de agricultura tradicional y agricultura mixta, y seis veces más rápido que la producción basada en pastoreo. Esto es el caso de los cerdos y las aves: hoy las agrofactorías dan cuenta de 74 % del total mundial de la producción avícola, 40 % de la carne de cerdo y 68 % de los huevos.

Una gran parte de las emisiones generadas por la ganadería industrial ocurre indirectamente, a través de la producción de alimento para animales. En 2010, cerca de un tercio de los cereales producidos se destinaron a alimento animal y FAO predice que esta cifra se elevará a 50% para 2050. Más alimentos para animales significan más tierra cultivada. Unos 56 millones de hectáreas de tierra adicionales fueron cultivadas con soja y maíz para alimento animal en los primeros diez años del siglo XXI, resultando en la liberación de abundantes cantidades de dióxido de carbono por los cambios de uso de la tierra y la deforestación. Los cultivos para alimento animal son producidos usualmente con fertilizantes químicos, otra poderosa fuente de emisiones de GEI. Debido a la expansión de las agrofactorías, la producción y procesamiento de alimento para animales actualmente da cuenta de casi la mitad de las emisiones de GEI procedentes de la ganadería, y se supone que esto aumente.

Otra importante fuente de emisiones de GEI procedente de las agrofactorías es el estiércol. La industrialización de la ganadería significa concentración: menos agricultores y más animales por finca. La gran escala de las operaciones convierte el estiércol, valioso fertilizante natural, en un problema tóxico. En EUA, donde el proceso está muy avanzado, a comienzos de los años 90 menos de una décima parte de las vacas lecheras estaba en planteles de más de mil vacas. Hacia 2007, esta cifra había aumentado a un tercio. El mismo año, los planteles de engorda para carne de más de 16 mil cabezas manejaban 60% del mercado del ganado alimentado en establos estadounidenses. Lo mismo, o peor, está ocurriendo con los sectores de cerdos y aves.

Según la FAO, el almacenamiento y procesado de estiércol es responsable de 10 % de todas las emisiones de GEI relacionadas con la ganadería mundial. Gran parte de eso proviene de las operaciones de alimentación de grandes rebaños de animales estabulados. El estiércol depositado por animales en las praderas produce de seis a nueve veces menos amonio volatilizado que el estiércol aplicado al suelo proveniente de los grandes planteles alimentados en establos. Alex Turner, investigador de la Universidad de Harvard que estudia las lagunas de estiércol (sistema de manejo de residuos utilizado en las agrofactorías), encontró que emiten unas 35 veces más metano que el estiércol aplicado en campo. Por el tremendo crecimiento de las agrofactorías y las lagunas de desechos en EUA, el total de las emisiones de metano del estiércol crecieron en más de dos tercios entre 1990 y 2012.

Un factor muy importante que afecta al clima, pero que se ignora con frecuencia, es la dependencia del ganado de los combustibles fósiles. Según la FAO, 20 % de las emisiones generadas para producir carnes y lácteos proviene de combustibles fósiles. La mayor parte viene de las agrofactorías, por su necesidad de alimento para animales y de los fertilizantes usados para producirlo. También son los sistemas de distribución y venta al público, de los cuales depende la agricultura industrial, que demanda electricidad, calefacción, transporte y refrigeración.

El cabildeo por la carne socava la acción en favor del clima. La producción agropecuaria industrial y nuestro apetito por la carne y los lácteos no sólo son mortales para el clima de la tierra; también crean un amplio espectro de trastornos ambientales y sociales. Los científicos no dejan de advertirnos de este problema por lo menos de diez años a la fecha. Pero los esfuerzos por atacar el problema invariablemente chocan con una agresiva resistencia de parte de las productoras de carne y lácteos, que son las que más pueden perder de las acciones que reduzcan el consumo y frenen la agricultura industrial.

“Me han golpeado en la cabeza innumerables veces por sugerir que las personas consuman menos carne”, señala Rajendra Pachauri, presidente de el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático entre 2002 y 2015. “Fui blanco de varios intentos por desacreditarme”.

FAO fue criticada por la industria de la carne tras publicar un informe en 2006 señalando que la ganadería participa con 18% de las emisiones globales de GEIs. “Ustedes no creerían cuánto nos atacaron”, señala Samuel Jutzi, director de la división de producción y salud animal de FAO. Pronto FAO cedió ante la presión y acordó establecer una asociación con los principales grupos de cabildeo de la industria de la carne para, en conjunto, volver a calcular las emisiones de la ganadería. Tanto el Comité Directivo como los Grupos Asesores Técnicos de la asociación están dominados por los representantes de las compañías productoras de carne, sus grupos de cabildeo y los científicos financiados por las compañías de la carne y lácteos.

Como resultado de la asociación de FAO con la industria, FAO cambió su enfoque y hoy hace evaluaciones más estrechas sobre la “intensidad de emisión”, y estas emisiones de GEI son analizadas con base a unidades de producción (por kilo de carne, litro de leche o unidad de proteína). Midiendo así, los animales criados de manera intensiva para una máxima producción de carne y leche —por unos cuantos millones de agricultores, de EUA, Europa, Brasil, Nueva Zelandia y otros pocos países ricos— tienen una menor “intensidad de emisiones” que los animales de los campesinos, criados para muchos más usos y sin acceso a la alimentación de alto contenido proteico, ni antibióticos, estimuladores de crecimiento y hormonas usadas por la industria ganadera intensiva. De esta manera se dice que los pequeños agricultores sufren de una “brecha en intensidad de emisión” y deben migrar hacia lo que es conocido por “intensificación sustentable” o, de manera más amplia, “agricultura climáticamente inteligente”.

Cuando se trata de ganado vacuno, el sesgo hacia la industrialización es peor, pues es frecuente que los científicos y los encargados de diseñar políticas no tomen en cuenta en sus cálculos la capacidad de almacenamiento de carbono de las praderas naturales.

En su informe de 2013 sobre ganado y clima, FAO admite que no puede calcular los cambios en el volumen del carbono en el suelo en praderas permanentes “debido a la falta de bases de datos y modelos globales”. Más aún, se subestima el hecho de que la capacidad de absorber carbono del aire en las praderas bien manejadas puede ser significativa, sobre todo en los trópicos donde las praderas permanentes son comunes y la fijación del carbono es alta.

Hoy las praderas cubren un cuarto de la superficie de la Tierra y dan cuenta de dos tercios de nuestra tierra agrícola, así que las consecuencias son enormes en especial si uno considera las consecuencias climáticas y ecológicas de ararlas para desarrollar cultivos para alimento animal para la ganadería industrial. Entre 2009 y 2015, 21 millones de hectáreas de praderas, solamente en los EUA, fueron convertidas a la producción de cultivos y muchas de ellas se destinaron a alimentar la ganadería industrial —liberando suficiente carbono hacia la atmósfera, como para equiparar ¡670 millones adicionales de autos en las autopistas!

El problema mayor es que el modelo de cálculo de “intensidad de emisiones”, que ahora es incentivado por las compañías productoras de carne y lácteos como base para las políticas nacionales, deja completamente de lado la conexión entre los sistemas de producción y los niveles de consumo, así como los numerosos beneficios ambientales, sociales, de salud y bienestar de los animales de la agricultura mixta y la ganadería a pequeña escala. El modelo favorece solamente la realización de retoques técnicos al status quo, más que el cambio mayor requerido urgentemente para alejarse de la producción industrial de carne y lácteos. Coloca injustamente la carga de la reducción de las emisiones sobre los pequeños propietarios de ganado de los países pobres que no tienen responsabilidad en la crisis climática.

Hora de entrar en acción. Si queremos tener un impacto significativo sobre el cambio climático, tenemos que estar claros que la carne y los lácteos industriales son el verdadero problema. Mientras que es importante y bienvenido el apoyo a los productores y ganaderos a pequeña escala para que adopten métodos más sustentables donde se requiera, lo primero y más importante que hay que revertir es el crecimiento de los sistemas de producción industrial de carne y lácteos. El esfuerzo por reducir el consumo de carne y lácteos debe dirigirse contra los grandes responsables: Norteamérica y Europa, más unos cuantos países en América Latina, como Brasil. Algunos gobiernos en estas regiones comienzan a tomar medidas y dan pasos por conseguir que la gente coma menos carne, como en China, el país con el crecimiento más acelerado en el consumo de carne.

Un primer paso en común es revisar las recomendaciones sobre la dieta para hacer un llamado oficial a reducir el consumo de carne, al menos las carnes rojas. A veces estos pasos presentan obstáculos de parte de la industria. Recientemente, la industria de carne estadounidense gastó 3 millones de dólares para conseguir detener al gobierno en sus directrices en que recomendaban reducir el consumo de carne. Estas directrices podrían haber conseguido que las escuelas, los hospitales, las prisiones, las oficinas públicas y otros lugares de trabajo redujeran sus compras de carnes rojas, mediante una campaña educativa y poniendo en práctica iniciativas de etiquetado en apoyo a la implementación.

Otros gobiernos estudian un rango de medidas fiscales para aumentar el precio de la carne y los lácteos de modo responsable, y que esto disminuya el consumo, así como se hace ahora con el azúcar, las grasas, las bebidas gaseosas y el tabaco. Una medida es eliminar el bajo impuesto al valor agregado que muchos países aplican a la carne, para mantenerla artificialmente barata. Otra es imponer un impuesto a la carne, en especial la de vacuno. Esto es discutible, ya que algunos se preocupan de que podría afectar de manera desproporcionada a los hogares de más bajos ingresos. Otro riesgo es que podría hacer que las personas consuman cerdos y aves industriales en lugar de carne de vacuno, lo que podría aminorar los efectos climáticos pero podría llevar a otros problemas ambientales y de salud.

Por ello hay personas que están buscando cómo establecer un impuesto socialmente positivo, un impuesto diferenciado, sobre la carne industrial o un impuesto que esté unido a los subsidios u otras medidas de redistribución del ingreso, para lograr carne producida localmente y de manera sustentable y alternativas no cárneas disponibles y baratas, en particular donde las comunidades son de bajos ingresos. Los difíciles debates en torno a los impuestos al carbono demuestran que se requiere que las discusiones sean participativas, para que los impuestos sean equitativos y efectivos.

Tenemos que mirar las causas subyacentes, más profundas, del sobreconsumo de carne y lácteos industriales baratos. Esto significa abordar el enorme subsidio que hay tras la industria. En 2013, lo países del OCDE repartieron 53 mil millones de dólares a los productores de ganado y la Unión Europea pagó 731 millones de dólares solamente a su industria de ganado vacuno. El mismo año, el Departamento de Agricultura estadounidense pagó más de 500 millones de dólares a sólo 62 productores (comenzando con Tyson Foods) para poner carne y lácteos en las bandejas de comida de las escuelas, y tan sólo una fracción de esto, para los proveedores de frutas y verduras.

De hecho, casi dos tercios de todos los subsidios agrícolas de Estados Unidos van a la carne y los lácteos, gran parte a través de la producción de alimento animal. En lugar de impulsar los agronegocios, el apoyo debería darse a los agricultores para reducir sus rebaños y reconvertirse a métodos de producción agroecológica de ganado, como parte de un cambio más amplio en las finanzas públicas y las políticas alimentarias.

Por el lado de los negocios y la comercialización, con urgencia necesitamos revertir la imposición de las “cadenas de valor” globales de carne y lácteos, como lo consagran en los grandes acuerdos comerciales, entre los principales bloques comerciales.

Estos acuerdos promueven artificialmente la producción y el consumo, al promover la exportación subsidiada de carne y lácteos baratos, hacia las economías de países de bajos recursos. Esto no sólo significa aniquilar los modos de subsistencia locales, también implica destruir nuestro clima. Necesitamos reconocerlo y redirigir la inversión y las políticas hacia el apoyo de los mercados locales, nacionales y regionales para el ganado producido de manera sustentable.

Podremos resolver la crisis climática sólo si damos pasos significativos que conduzcan hacia la agroecología y la soberanía alimentaria. Esto no sólo ayudaría a estabilizar nuestro clima de manera significativa, sino que alimentaría de mejor manera a las personas, produciría alimentos más saludables y permitiría tratar a los animales de una manera más humana.

Cambiarse del modo de producción industrial a la agroecología, permitirá a los agricultores, pastores y ganaderos volver a retener el carbono en los maltratados suelos y mejorar la producción de alimentos en el largo plazo. Ayudará a los pastores a adaptarse al cambio climático. Necesitamos cambios audaces que desincentiven la producción y el consumo de carne y lácteos industriales. Necesitamos detener los acuerdos comerciales que impulsan el comercio internacional masivo de productos cárneos y lácteos. Debe ser apoyada la producción y comercialización de carnes y lácteos en pequeña escala.

Así, la ganadería volverá a integrarse con sistemas de producción agrícola diversificados, a la vez que la carne y los lácteos volverán a ocupar un lugar adecuado en la dieta de las personas. Éste es un enfoque necesario para mantener al mundo habitable para las futuras generaciones. La tarea es inmensa, pero nunca ha sido tanto lo que está en juego.

La versión completa, con referencias, disponible en www.grain.org

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