Emergen del fondo de la historia. Represión al pueblo mapuche en Chubut, en Argentina Download PDF Document Tools

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Author: Osvaldo Bayer y Marcelo Valko
Date: 13 February 2017
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Osvaldo Bayer y Marcelo Valko | 13 February 2017 | Biodiversidad 91 / 2017-1

 

El 10 de enero en el Puelmapu, específicamente en la provincia de Chubut, Argentina, la comunidad mapuche de Cushamen fue atacada y reprimida por fuerzas policiales y militares del Estado, dejando como saldo varias personas heridas, entre las que se encontraba Emilio Jones Huala, que recibió un balazo que le fracturó el maxilar.

La comunidad de Cushamen lucha por la restitución del territorio que hoy ocupa la transnacional Benetton, a través de Compañía Tierras del Sur, usando a sus trabajadores y a la policía provincial para perpetrar ataques contra los comuneros. En los días posteriores fueron reprimidos dos veces más.

La versión oficial de las fuerzas judiciales y represivas arguyó que el desalojo respondía a una orden judicial, pero ha sido cuestionada por diversos actores y se lee en un contexto de apropiación de los territorios de la Patagonia por parte de empresas transnacionales, que avanzan impunes mediante la criminalización, judicialización y encarcelamiento de las comunidades mapuche a ambos lados de la cordillera. Los integrantes del Lof Cushamen fueron golpeados, esposados y arrastrados de los pelos; sus casas destruidas, sus animales secuestrados y muertos. Los operativosterminaron con diez pobladores detenidos, liberados finalmente unos días después, ante la enorme movilización popular de diferentes sectores sociales y políticos de todo el país que viajaron hasta el lugar de los hechos para exigir la libertad de los presos y el respeto irrestricto de los derechos humanos de la comunidad.

El fin último de esta avanzada represiva y el uso de la violencia sistemática contra los pueblos originarios que ocupan su territorio ancestralmente es aplastar la voluntad férrea de las comunidades de defender sus territorios, para beneficio de los grandes acaparadores de tierras y empresas extractivistas.

Otra vez, la Patagonia rebelde

Osvaldo Bayer, 17 de enero, 2017. Después de haber visto las imágenes de semejante brutalidad oficial ejercida contra la comunidad mapuche en Chubut, ya no resulta exagerado afirmar que se repite la historia, mientras van relanzando la Campaña del Desierto. Y no, no sobredimensiono mis palabras, para nada. De hecho, esta semana volvió a ejecutarse la misma política que aplicaba Julio Argentino Roca: la mentira y la represión más cruel sobre aquellos que consideran inferiores, aquellos que no consideran argentinos, aquellos que no ostentan el “mérito” de vivir en las tierras que habitaron por siglos.

A contramano de toda lógica humana, el capitalismo sigue arrasando a las comunidades originarias, mediante un Estado manejado por gobiernos que responden incondicionalmente a sus intereses, que nunca son los intereses del pueblo. Y así, van pasando diversos funcionarios, uno tras otro, asumiendo el poder con retórica democrática, cuando en realidad sólo vienen a engordar el capital de los más ricos. Pues en este caso, la bolilla le cayó en todos los colores de Benetton, que llegó al país para desequilibrar todavía más la balanza de la igualdad, penetrando en la economía y la política nacional, a tal punto que las Fuerzas reprimen al servicio de su vergonzosa empresa.

Nuestros hermanos mapuche han sufrido tres violentas represiones en menos de dos días y nosotros tenemos la obligación de gritar frente a estos atropellos inadmisibles e inexplicables. O más bien, muy fácilmente explicable: lo que ocurrió en la Patagonia demuestra hasta dónde son capaces de llegar, Mauricio Macri y compañía. ¿Pero cómo contrarrestar esta ofensiva que parece no mermar? No hay otra opción más que salir a la calle a luchar por los derechos de nuestros pueblos que, sin duda, son el paradigma de la resistencia histórica argentina.

www.lapoderosa.org.ar

Tierra y sangre en Cushamen

Marcelo Valko, 14 de enero, 2017. Estuve en la recuperación de tierras de Cushamen (Chubut) en la primavera de 2015 y pude advertir la gravedad de la situación. De un lado la determinación mapuche por recuperar sus tierras ancestrales que el Estado nacional había malvendido a la firma Benetton, y del otro, la legalidad de la injusticia ejercida por la provincia.

La asociación de Trabajadores de la Educación de Chubut (Atech) y los equipos de interculturalidad de los Institutos de Formación Docente de Puelo y El Bolsón me llevaron a dar una serie de conferencias. En ese marco, fui invitado a la recuperación. Los jóvenes que volvían a habitar las tierras de sus abuelos habían pasado un invierno duro, pero allí estaban, seguros, firmes y sonrientes. Hablamos. En ningún momento pretendían quitarle nada a nadie, al contrario, el Estado que siempre estuvo controlado por las élites económicas, les había arrebatado lo que les pertenecía como pueblo.

La Gendarmería podía aparecer en cualquier momento como tiempo después sucedió. Pero ellos regresaron con la tenacidad mineral de la tierra.

Quienes venimos transitando lo que tiene que ver con los pueblos originarios, hace tiempo advertimos que la situación se agrava cada vez más. Habrá sangre, cada vez más sangre si el Estado no comprende que en Argentina no todos bajamos de los barcos.

Aquella mañana en Cushamen, mientras observaba a los compañeros mapuche hablar sobre su determinación, con su manera de plantarse en el mundo y decir ya basta, ya es suficiente”, comprendí a nivel piel lo que había entendido a nivel intelectual unos años antes, cuando Amancio, de la nación qom, me dio una lección sobre los verdaderos dueños de la tierra. Tras hablarme de estrellas y mandiocas, me dijo que cierta vez cuando era niño, su papá lo llevó al cementerio y le explico “acá está enterrado el abuelo, y el abuelo del abuelo, y tantos otros abuelos. Todos enterrados acá”.

El padre de Amancio no agregó nada más sobre el tema. Sin embargo, con ese recuerdo de su infancia me hizo comprender sin decirlo explícitamente, que me estaba exhibiendo los títulos de propiedad comunitaria. Su padre se los había enseñado al mostrarle el lugar donde descansan sus ancestros.

Ésa es la cuestión. En líneas generales no poseen papeles foliados, carpetas membretadas, ni escrituras selladas por escribanos. Difícil tener semejantes documentos cuando el Estado nacional se dedicó con ahínco al barrido de toldos, al traslado forzoso de los sobrevivientes y al lavado de nombres salvajes por otros civilizados tal como lo estipulaba la Constitución al mandar “la conversión de indios al catolicismo”.

Ahora bien, el padre de Amancio, un hombre de pocas palabras, le explicó en un solo renglón que la tierra es de quien la habita y habitó, y que los muertos ancestrales son sus legítimos títulos de propiedad. Se trata de las tierras donde vivieron siempre. En el Lof Cushamen ocurre lo mismo. Sólo que en este caso, cumpliendo la premisa de Zeballos, el mentor de la Construcción del Desierto que ejecuta Roca, vaciaron de vivos y muertos la región.

Cualquiera puede leer a Zeballos cuando dice: La barbarie está maldita y no quedarán en el desierto ni los despojos de sus muertos”. Ése es el problema. No los indios, ni los qom ni los mapuches. El problema es la criminal represión ejercida por la Nación y la Provincia sobre la recuperación de tierras realizadas por los mapuche en un enorme feudo comprado por Benetton.

El problema es la construcción ejercida por el Estado sobre el otro “étnico”. En su malsana visión existen sólo tres tipos de indios, por cierto, bastante diferentes entre sí. El más atrayente de todos ellos es el primero: el indio muerto. Es el espécimen por antonomasia que conservan celosamente los museos. Es el preferido por los académicos. Es un “tema” que da prestigio y a través del cual es relativamente posible conseguir subsidios para investigaciones.

El indio de la repisa, se encuentra inmóvil, quieto, sin el menor atisbo de movimiento ni rebeldía. Es muy agradable de etiquetar y permanece quietito en el estante donde se lo rotula invariablemente en tiempo pasado: habitaban, creían, cazaban, comían. Son los ocupantes de una vitrina que los vacía de ser, son la ausentificación de su presencia.

El segundo ejemplar, todavía presenta rasgos que lo hacen agradable. Es el indio fenomenizado. Oscila entre lo circense y caso de libro, fluctúa entre lo exótico y lo folklórico. Espectáculo o caso antropológico. El indígena, visto como un ser de costumbres e indumentaria extraña que es tanto más atractivo cuanto más alejado del centro académico se encuentra.

Obviamente ningún aborigen cercano puede ser un fenómeno atrayente; el prestigio de su estudio se incrementa en virtud de la lejanía y de la dificultad para adentrarse y observarlo en su “hábitat”. No causa problemas siempre y cuando se mantenga dentro de esos parámetros de exotismo, es decir, danzando y pronunciado conjuros a la naturaleza en idiomas desconocidos. No molesta en absoluto y en su derredor termina construyéndose hasta una corriente de etnoturismo o turismo arqueológico que pronto puede degenerar en la ayahuasca-tour o peyote-tour como tuve oportunidad de ver en México y Ecuador. Incluso puede devenir en fugaz artista televisivo grabando algún CD utilizando sus primitivosinstrumentos musicales.

Sin embargo, cuando un indígena advierte que sus bosques son arrasados por la soja, cuando extraen recursos naturales como el petróleo destruyendo el ambiente que rodea a su comunidad, cuando abandona su tierra corrido a tiros por empresarios privados o directamente por el poder omnímodo del Estado como el caso de Cushamen y tantos otros, deja de causar la simpatía que provoca el exotismo, o la seguridad que brindan los rótulos.

En Cushamen, como los mapuche alzaron la voz exigiendo justicia justa, verdad verdadera, palabras ciertas y no promesas para salir del paso, comienzan a molestar. ¿Qué pretenden? Ese mapuche que vive, que es real, que transpira y sueña, al que le fue arrebatado todo y necesita su lugar en el mundo, indudablemente molesta. Incomoda su tenaz y cariñoso arraigo a la tierra.

Y es que son tierra que caminacomo los denominó alguna vez Atahualpa Yupanqui. El indio vivo siempre molestó. Desde Roca, desde Sarmiento, desde Mitre y después, como lo demuestra la presidencia Macri y la gobernación Das Neves.

A muchos los sorprendió, pero Cushamen no estalló hoy, ni esta semana. Emerge del fondo de una historia que hizo un país a la medida de grupos económicos donde muchos sobramos. Cushamen emerge de un fondo de injusticias que ni siquiera fue originado por este gobierno o el anterior. Vale recordar que el acampe qom de la Nueve de Julio es un ejemplo cabal; primero fueron ignorados por la doctora Kirchner y luego traicionados por el ingeniero Macri tras prometerles cualquier cosa que sonara bien y que se tradujo en lo vemos en Chubut.

Marx señaló que en los países centrales el capitalismo trata de guardar alguna forma, pero se pasea desnudo en la periferia. Y esa desnudez pornográfica es la que vemos en la represión de Cushamen.

El indio vivo que camina, que come, que necesita un espacio, que transpira y que sueña y que no quiere bailar para la National Geographic ni quedarse inmóvil en una repisa, siempre causó fastidio, siempre sobró en los planes del sector que aborrece que el azar geográfico nos situó en Sudamérica limitando con Bolivia y Paraguay, en lugar de hallarnos en algún sitio cool entre Francia e Inglaterra.

Aun no llegó el Nunca Más de los Pueblos Originarios. Siempre es Más. Siempre es Más. Sin embargo, observamos que ante la aberración de lo ocurrido, hubo una reacción popular que imposibilitó un “barrido de toldosa gusto del paladar de los directores ejecutivos. La lucha por recuperar la identidad, la cosmovisión y la tierra es un proceso lento. Pero estoy convencido al igual que el poeta Mario Benedetti que es lento, pero viene, es lento, pero viene…”.

*El autor escribió, entre numerosos textos,
Los indios invisibles del Malón de la Paz
www.laizquierdadiario.com/Tierra-y-sangre-en-Cushamen

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