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De un vistazo y muchas aristas

Con el fin de entender las alternativas reales que tiene la gente ante la crisis alimentaria que se asienta en el mundo, reunimos experiencias, voces, reflexiones, técnicas y propuestas de organizaciones, comunidades, investigadores y personas que tienen puesta su atención en nuevas formas de entender soluciones que funcionan desde hace siglos para núcleos campesinos (ésos para los cuales cultivar la tierra no es un trabajo, sino un modo pleno de vida y cuidado del mundo), soluciones que tal vez resulten las únicas capaces de garantizarnos un futuro como humanidad.           

La producción campesina es imprescindible para alimentar el mundo. La agricultura campesina sustentable con su soberanía alimentaria consume hasta ochenta veces menos energía que la agricultura industrial.

La soberanía alimentaria implica primar el empleo de los recursos locales para producir alimentos, minimizando la cuantía de materias primas importadas para la producción, y su transporte. La comida así producida se consume localmente. No es lógico comer en Europa espárragos provenientes del Altiplano, o judías verdes frescas procedentes de Kenia.

A través de la historia de la agricultura, los campesinos y campesinas y la gente que habita los centros rurales han obtenido la energía de sus tierras agrícolas para responder a sus necesidades cotidianas. Las familias campesinas están usando aceite de coco o de girasol, biogás, leña, viento o agua para generar electricidad para su uso local. Estos métodos son sustentables e integrados dentro del ciclo de producción de alimentos en sus tierras.

Es imperativo diseñar y adoptar actitudes responsables en el consumo de alimentos y ajustar nuestro modo de alimentarnos, conociendo que el modelo industrial de producción y consumo es destructivo, mientras que el modelo basado en la producción campesina utiliza prácticas energéticas responsables.

El campesinado de todo el mundo ha experimentado los efectos devastadores de las políticas de libre comercio y de la OMC en sus vidas y en la producción local de alimentos. Por eso defendemos el derecho de cada país de proteger sus mercados locales, de apoyar la agricultura familiar sustentable y  comercializar los alimentos en el lugar donde se producen.

No entendemos cómo el G8 pretende solucionar la crisis alimentaria con más libre comercio, si la liberalización de la agricultura y de los mercados de alimentos es lo que nos está llevando a la crisis actual. Nuestra lucha es contra el poder de las grandes empresas transnacionales y los sistemas políticos que les apoyan. La crisis energética no debería verse como un problema aislado sino como parte de toda la crisis del actual modelo de desarrollo, donde los beneficios tienen prioridad sobre las personas.

Nosotros apoyamos una agricultura de pequeña escala, diversificada, centrada en las personas, los mercados locales y modos de vida saludables, usando menos energía y menos dependencia de recursos externos. Las familias campesinas sustentables cumplen la misión fundamental de la agricultura: alimentar a las personas. Para protegernos de la inestabilidad de los mercados mundiales, la población debe consumir comida local, de mercados locales. No necesitamos más comida importada. Los campesinos y pequeños productores de alimentos producimos la mayor parte de los alimentos del planeta. Vía Campesina, “El campesinado produce alimentos, los agrocombustibles generan hambre y pobreza” , julio de 2008.

Desde la milpa [la chacra] se ve el mundo entero. La mayor amenaza al maíz nativo es que ya se cultiva poco. Sembrar maíz y otros cultivos soberanos nos permite un hueco para no pedirle permiso a nadie para ser, impulsando entonces una resistencia comunitaria —real, política, social, económica, de saberes, dignidad y justicia— contra el capitalismo y sus megaproyectos.

Alguien que pierde la semilla tiene muchas más riesgos de tener que migrar que alguien que todavía la tiene. Hay que mantener buena semilla para uno mismo, para la comunidad, para la tierra a la que uno tiene acceso. Una semilla que responda a las necesidades y gustos de cada pueblo. Si se uniforman los gustos o se tratan de emparejar las necesidades, se pierde la calidad de las semillas: su diversidad.
El pueblo que no tiene diversidad es un pueblo que se hace dependiente. Las nuevas leyes quieren obligar a los campesinos, los indígenas, a hacerse dependientes. Pero tenemos que preguntarnos qué necesitamos para cuidar, para conservar la vida, con permiso o sin permiso de la ley.

Que la crianza del maíz sea colectiva es lo que ha mantenido su riqueza. No sólo intercambiamos semillas sino saberes. Existen semillas diversas porque hay saberes diversos. El conocimiento lo sabemos a pedacitos, y sólo entre muchos se hace un saber grande. La riqueza de variedades no acaba nunca. Cada persona, familia o comunidad por la que pasa una variedad le agrega o cambia algo. No hay que olvidar jamás que TODOS sabemos. Cuando aceptamos que alguien nos trate como ignorantes, que no sabemos, que no tenemos ideas, estamos aceptando que se pierdan saberes sobre las semillas.
Es indispensable intentar salirnos, lo más posible, de la economía del dinero, de los mercados. Producir para vender y comprar para comer nos hacen perder la soberanía alimentaria, la soberanía laboral de los pueblos del maíz.

Un pueblo que compra semilla y que compra comida es un pueblo que no se puede mandar a sí mismo. Tenemos que estar orgullosos de sembrar maíz para que coma la familia, la comunidad, fortaleciendo los saberes de los mayores y las nuevas técnicas integrales que concuerdan con esos saberes y los complementan. Es importante que todo lo que produzcan las comunidades se consuma, para que la comunidad entienda que podemos producir nuestro propio sustento. Casifop, El maíz y la vida en la siembra, testimonios indígenas del maíz y la autonomía, México, 2005.

Las guardianas de las semillas. En la distribución de roles en las familias campesinas, la mujer es quien preserva la semilla orgánica, originaria, nativa, criolla, como la queramos llamar. Es la que, todos los años, en la cosecha, se encarga de guardar, limpiar y proteger para la próxima siembra. Entonces, de alguna manera, siempre decimos que la mujer es guardiana de esa semilla originaria, sana y orgánica. Con más razón ahora en esta situación, de la producción a nivel mundial, la mujer tiene que trabajar fuertemente ese rol de guardiana, que cada vez se hace más difícil, porque nuestras semillas sanas, están siendo contaminadas por las transgénicas, que se siembran por doquier. Es todo un proceso de protección e intercambio. Inclusive en estos encuentros, también se dan situaciones de intercambio de semillas, de intercambio de saberes, sobre la producción.

Este evento (“Mujeres del campo en lucha por la soberanía alimentaria. Construyendo propuestas frente al cambio climático”), es parte de un proceso de formación, donde se busca particularmente la participación y protagonismo de las compañeras campesinas, un involucramiento en las temáticas fuertes que están afectando hoy a nuestras familias, como es el cambio climático, las políticas de los Estados, y reforzar nuestra lucha por la soberanía alimentaria. María de los Ángeles, MoCaSe Vía Campesina, entrevista con la Agencia de Noticias BiodiversidadLa.

Somos los primeros pobladores hijos y cultivadores de agua de este continente, y para los pueblos que lo habitamos no hay especie silvestre, ni espacio baldío, porque milenariamente hemos sido conocedores y sabedores en la convivencia con la naturaleza, por eso somos autoridad ambiental… El saqueo y apropiación de la riqueza biológica de nuestras montañas y selvas, de las aguas, minerales, y de los saberes, se orienta al control sobre el territorio —el espacio y sus pobladores—, suplantando nuestra autoridad, autonomía y autodeterminación, y destruyendo nuestras culturas milenarias.

Es deber del pueblo misak y sus autoridades cuidar, proteger y conservar todo nuestro territorio, que es sagrado, incluyendo los páramos, las montañas, las selvas y humedales grandes o pequeños, lagos y nacimientos, fuentes o colchones productores de aguas, las cuencas hidrográficas, las grandes o pequeñas rocas donde están nuestros dioses y los espíritus que nos protegen y nos dan la vida, y las zonas donde habitamos y producimos nuestro sustento, para que siga siendo un patrimonio colectivo bajo nuestra responsabilidad y cuidado.

Todas las tierras del territorio misak serán destinadas prioritariamente a suplir los requerimientos del ciclo de vida e identidad misak. Aquellas aptas para la producción deberán estar dedicadas en primer lugar a incrementar y mejorar la producción de alimentos saludables para el autoconsumo, con el fin de mejorar la nutrición, la salud y en general el bienestar de los misak. Los cultivos comerciales e industriales no podrán desplazar la producción de nuestros alimentos. Cabildo de Guambia y la Autoridad Ancestral del Pueblo Misak, Misak Ley por la Defensa del Derecho Mayor, Patrimonio del Pueblo Misak.

Cultivar, guardar, cuidar e intercambiar libremente semillas propias, nativas que no tenemos porque certificar ni registrar ante nadie porque las tenemos desde antes de que existiera el Estado mexicano, es un derecho inalienable que nadie nos va a quitar y seguiremos ejerciendo de manera autónoma. Estas semillas son la esperanza del futuro de todos.

Estamos contra los proyectos biopiratas que Monsanto hace con organizaciones agrícolas y académicas para robar maíces nativos y saberes a través del Proyecto Maestro de Maíces Mexicanos…

Nos oponemos a la certificación y registro de semillas y lo denunciamos como una manera más de privatizar las semillas para controlar a los pueblos.

Rechazamos la promoción, difusión, experimentación, cultivo, comercialización y consumo de las semillas transgénicas. Estas semillas atentan contra el ambiente y ponen en peligro la salud y la soberanía alimentaria de millones de mexicanos.

Exigimos el respeto al derecho a la soberanía alimentaria que parte de nuestra autonomía, costumbres, culturas, tradiciones y prácticas agrícolas.

Exigimos que se detenga la criminalización a la forma de vida campesina que se lleva a cabo mediante la legislación que protege los intereses empresariales.

Seguiremos defendiendo la autonomía de nuestros pueblos, la comunidad, las asambleas y su autogobierno, cuya base fundamental es el territorio y el cultivo del maíz nativo como parte de nuestra vida. Red en Defensa del Maíz Nativo, México DF, 10 de julio 2008.

Lo que estamos haciendo tiene que ver con un grito, con un gesto festivo, de fiesta y dolor, de lucha. Nuestro objetivo es poner un mensaje de alerta, de riesgo, de grave riesgo, que estamos teniendo por el monocultivo de la soja y por un manejo pretendidamente liberal, de mercado libre, en manos de unos pocos, que después no es “libre”. No somos libres, porque no somos libres de manejar los alimentos de los argentinos, que los manejan 8 grandes multinacionales y sus cómplices, y sus subordinados que son los pequeños, medianos y grandes empresarios. De productores no tienen nada, productores son los que se suben al tractor y laburan en él.

Yo soy de esa experiencia muy indígena, andina y amazónica de que “el que se quiere esconder tarde o temprano se muestra”. Entonces, el grito que esta gente ha dado sobre las retenciones a la soja, de que “no demonicemos a la soja”, tarde o temprano va a decantar, va a calmarse el “polvaredal” que han dejado sus arrogantes y virulentas intervenciones, y la gente va a reflexionar. Y el hecho de que ellos se hayan mostrado tal como son, así con esta arrogancia de cortar rutas, de “ser ilegales”, de que “no los pueden reprimir ni tocar”, se va a volver un boomerang. No hay que subestimar al pueblo argentino, para nada. No hay que subestimar a ningún pueblo de la historia humana.

Poco a poco y tarde o temprano se va a ir destapando en la mesa argentina el debate de fondo: “la soja y el monocultivo”, más profundamente “los agronegocios y la agroexportación”. ¿Nosotros queremos ser un país en la división internacional del capitalismo?, ¿un país meramente exportador de materia prima para el beneficio de las industrias de los 8 países más poderosos de la tierra?, o queremos ser un país soberano, independiente. Ángel Strapazzón, MoCaSe, Vía Campesina, entrevistado por la Agencia de Noticias BiodiversidadLa

Cultivar en la ciudad aunque sea una pequeña parte de nuestros propios alimentos es, como lo planteara Wendell Berry hace treinta años, una de esas soluciones que impulsa de hecho más soluciones en vez de provocar más problemas (como inevitablemente provocan las “soluciones” del etanol o la energía nuclear). No es sólo ahorro de carbono: cultivar aunque sea un tanto de nuestra comida impulsa muchos y valiosos hábitos. Podemos dejar de depender de los especialistas en el cuidado de nosotros mismos. Podemos descubrir que nuestro cuerpo sigue siendo útil para algo y que ese algo es nuestro propio sustento. Si los expertos están en lo correcto, si el petróleo y el tiempo se agotan, muy pronto van a ser cruciales estas habilidades y hábitos. Y es muy probable que nos urjan alimentos. ¿Pueden proporcionarlos las huertas? Bueno, durante la Segunda Guerra Mundial las huertas familiares (llamadas de la “victoria”, porque parecían cruciales para obtenerla) proporcionaron tanto como el 40% de los vegetales que comían los estadounidenses.

Además, empezaríamos a restañar la grieta entre lo que pensamos y lo que hacemos; retejer en una sola identidad nuestras facetas de consumidores, productores y ciudadanos. Es probable que eso nos lleve a emprender nuevas relaciones con los vecinos, porque la idea es producir, regalar, intercambiar, prestar herramientas o pedirlas prestado …

Grandes cosas ocurren cuando uno cultiva su propia huerta, algunas relacionadas con el cambio climático, otras indirectas. Se nos olvida que cultivar nuestra comida obedece a la tecnología solar original: mediante la fotosíntesis se producen calorías. Hace algunos años la mentalidad de la “energía barata” descubrió que podía producirse “más comida con menos esfuerzo” reemplazando la luz del sol con fertilizantes y plaguicidas basados en combustibles fósiles, y el resultado fue que la típica caloría de energía alimenticia requiere unas 10 calorías de energía fósil. A como dejamos que nos alimenten otros, la cuenta suma por lo menos una quinta parte de los gases con efecto de invernadero. Michael Pollan, “Straight to the Source”, The New York Times, 20 de abril de 2008.

La tierra siempre es jardín, farmacia, coto de caza o pastura para alguien (o todas estas cosas juntas). Si parece “subutilizada” es tal vez debido a su fragilidad o al papel que juega en la protección de los ecosistemas. Quienes proponen un uso más intensivo o diferente de la tierra en cuestión pueden perjudicar los modos de vida y supervivencia de otros.

Hay brasileños que insisten en que se pueden seleccionar áreas marginales de la Amazonía para reconvertirlas a producir caña de azúcar para etanol (pero nada dicen de la expansión de la soya en áreas ecológicamente sensibles como El Cerrado y la caatinga). Sin embargo, comunidades indígenas como los ka’apor y los tembe en Brasil, los chacoba en Bolivia y los panare en Venezuela, usan de 20 a 50% de las especies de árboles para alimentarse y otro 10-30% para medicinas. Esta realidad de la Amazonía se repite en bosques, sabanas y planicies semiáridas en todo el mundo. Los migrantes, de México a Indonesia, buscan establecerse para sembrar maíz o arroz o criar ganado pero mientras, buscan calorías adicionales y nutrientes vitales en los bosques circundantes. Es común que esas familias lleven consigo especies muy valoradas para adaptarlas a las nuevas tierras, pero de cualquier modo el bosque es su fuente directa de alimentos y medicinas, es su reservorio genético para mejorar los parientes domesticados de sus cultivos. Aun familias campesinas bien establecidas en lugares como Suazilandia y Tailandia ven los bosques que les rodean como importante fuente de alimentos después de su cultivo principal. Si bien las mujeres y los niños consumen regularmente alimentos no cultivados, un estudio entre adultos de África Oriental y del Sur mostró que la llamada “cosecha oculta” de alimentos “silvestres” es vital para la seguridad alimentaria familiar. Los bosques y sabanas producen vitaminas y minerales esenciales que no pueden cultivarse ni comprarse. El uso de esta cosecha oculta varía cada estación. Hay familias que durante semanas dependen casi totalmente de los alimentos silvestres que obtienen durante los meses o semanas previos a la cosecha. Los alimentos recolectados de las “tierras marginales” aportan de un tercio a la mitad de los requisitos nutricionales de los más pobres de la población rural. En tiempos de hambruna o altos precios de la comida, el acceso a esas tierras marginales es la diferencia entre la vida y la muerte. Pat Mooney, Ciao FAO, otra cumbre para revisar los errores de siempre, comunicado del Grupo ETC, junio de 2008

Un modo de romper la distancia entre productores de alimentos del campo y los llamados consumidores puede hallarse en las afueras de la ciudad de Ginebra en Suiza. Ahí funciona los Jardines de Cocagne que son una cooperativa ginebrina de producción y consumo de hortalizas biológicas. Cada uno de los socios paga una especie de contribución en dinero (según su salario) o en trabajo, para lograr que cada semana se produzca y distribuya una amplia variedad de hortalizas. La diferencia fundamental con casi todas las asociaciones entre campesinos y consumidores, es que aquí los “consumidores”, además de tener una relación directa con los hortelanos, no pagan un precio por lo que reciben, porque eso implicaría dejarle el riesgo a los campesinos. En cambio, lo que hacen es contribuir al fondo que permite la producción, asumiendo conjuntamente con los campesinos los riesgos y las bonanzas de una buena o una mala temporada, mediante decisiones compartidas e igualitarias. Parecería poca cosa, pero esa diferencia, y la posibilidad de contribuir con trabajo a la producción, son uno de los experimentos más interesantes en autogestión de cultivo que de hecho borran la diferencia entre “productores y consumidores”, y más bien abren una especie de formación permanente de más y más personas a las labores propias de la siembra a la cosecha.

Por su puesto, la gente de Les Jardins de Cocagne “defiende la idea de la soberanía alimentaria, de una agricultura viable, sana, ecológica y de proximidad”. Les Jardins se vinculan con el movimiento campesino en Suiza, en Europa y a nivel mundial y cuentan con proyectos de extensión en comunidades pobres de Europa y África. La idea central, además de la visión libertaria, es el análisis profundo de que la ciudad y el campo “se retroalimentan”, se “reencuentran”. Les Jardins de Cocagne, www.cocagne.ch

Asoma la mañana en El Colorado, pueblo de unos 13 mil habitantes, del interior formoseño, provincia del interior argentino. Es sábado muy temprano, pero ya se ve gente en la plaza; esperan la llegada de los casi cien “pequeños” productores de la “Asociación de feriantes de El Colorado” que traen sus productos para vender o intercambiar: zapallos, porotos, maíz, verduras en general, frutas, mandioca, batata, leche, queso, ricota, huevos, chivos, cerdos, pavos, gallinas, etcétera. Antes de promediar la mañana, ninguno de los casi 30 puestos de la feria tiene productos, se ha vendido todo. Así sucedió, todas las semanas, mientras duró el pico de los cortes de ruta y el resultante desabastecimiento alimentario local, provocado por el “paro de los estancieros”.

Esta iniciativa había surgido al calor de la crisis de 2001-2002. Los primeros años supo ser una alternativa ante los problemas de la población urbana para acceder a los alimentos. En la feria se encontraban productos que tenían como precio máximo un 20% menos que en los comercios. Poco a poco, los comercios del mercado formal se recompusieron como las principales bocas de expendio de alimentos en la localidad, ofreciendo productos provenientes de los complejos agroalimentarios controlados por grandes empresas agroindustriales. Esto hizo que la feria fuese perdiendo su primer ímpetu y centralidad.
Tanto en su origen como en su actual y breve reverdecer, la feria de los pequeños productores, de los campesinos, se erige como alternativa a los circuitos dominantes. Cuando el “sistema” no responde afloran, como “ruinas emergentes”, estas estrategias “de abajo”, forjadas por los mismos campesinos, basadas en el cara a cara con los consumidores y vecinos, al margen de las cadenas concentradas y centralizadas de producción, procesamiento y distribución de alimentos.

No es un caso aislado. En Chaco, Misiones, Corrientes, Santiago del Estero existen experiencias de este tipo, protagonizadas mayormente por exproductores algodoneros o tabacaleros reconvertidos. Es probable que ahí, al igual que en El Colorado, las crisis o momentos de suspensión de la provisión alimentaria, vía cadenas agroindustriales, hayan constituido oportunidades para la emergencia y expansión de aquellas cadenas agroalimentarias “alternativas” o “campesinas”. Diego Domínguez, “Ruinas emergentes”, Página 12, 19 de septiembre de 2008

Ubicada actualmente en los márgenes de la economía mundial, hay en el mundo gente que cuando desafía los supuestos económicos en la teoría y en la práctica encuentra apoyo en las tradiciones de sociedades y culturas antiguas. Por todo el mundo hay experiencias de comunidades que no encajan en las clasificaciones distorsionadas por los anteojos de los economistas.

Esta gente ve su resistencia como un modo de reconstituir creativamente sus formas básicas de interacción social, a fin de liberarse de las cadenas económicas. Crea así, en sus vecindades, pueblos y barrios, nuevos ámbitos de comunidad que le permiten vivir en sus propios términos.

Son los herederos de comunidades e incluso de culturas completas que fueron destruidas por la forma económica industrial de interacción social. Tras la extinción de sus regímenes de subsistencia, trataron de adoptar diversas formas de acomodo a la forma industrial. El no haberlo logrado, fue una precondición para reinventar sus ámbitos, con el estímulo adicional de la crisis del desarrollo.

Después de igualar su comida con las actividades técnicas de producción y consumo, vinculadas a la intermediación del mercado o el Estado, carecían de ingresos suficientes y sufrían escasez de alimentos. Ahora están regenerando y enriqueciendo sus relaciones entre sí y con el medio, nutriendo de nuevo su vida y sus tierras. Por lo general, logran lidiar bien con los faltantes que aún les afectan, a veces severamente —como consecuencia del tiempo y esfuerzo requerido para remediar los daños causados por los métodos desarrollistas. No es fácil salirse de las cosechas comerciales o librarse de la adicción al crédito o los insumos industriales: pero el cultivo intercalado, al que muchos comienzan a regresar, regenera la tierra y la cultura, y con el tiempo mejora la nutrición.

A pesar de la economía, la gente común, en los márgenes, ha sido capaz de mantener viva otra lógica, otro juego de reglas. En contraste con la economía, esta lógica se halla inserta en el tejido social. Resumen y fragmentos de “Mitos y realidades del desarrollo sustentable”, de Gustavo Esteva, junio, 1996.

Una historia reciente de la generosidad y visión indígena en la conservación y el fortalecimiento de las semillas ancestrales es la del Caracol Zapatista de Oventic, en Chiapas, que como otros pueblos de México revitaliza su maíz nativo intercambiando semillas, de manera más consciente, por sus canales de confianza. Lo nuevo es que ahora los campesinos tsotsiles de la zona, agrupados en su proyecto autonómico, decidieron comenzar a enviar semillas zapatistas adondequiera que se requieran. Ahora en África, mientras las grandes fundaciones y los gobiernos y los organismos como FAO, buscan establecer mecanismos para introducir paquetes tecnológicos y semillas de laboratorio, híbridas y transgénicas, los zapatistas ya están enviando semillas ancestrales nativas, libres de contaminación transgénica a poblaciones en Mali, y en Kenya. Para algunas de las comunidades que la recibieron en Mali, eran tan buenas las semillas que en vez de consumir la primera cosecha después de completar su ciclo, apartaron una buena cantidad que ya comienza a fluir a otros sitios en África. Más información en info@schoolsforchiapas.org

Hay una relación inversa entre el tamaño de una finca y el monto de cultivos producidos por hectárea. Mientras más pequeñas son, mayor es el rendimiento. Eso lo descubrió el economista Amartya Sen en 1962, y lo confirman docenas de estudios ulteriores.

En algunos casos la diferencia es enorme. Un estudio reciente de agricultura en Turquía encontró que las fincas de menos de una hectárea son veinte veces más productivas que las de más de 10 hectáreas1. Las observaciones de Sen se han probado en India, Paquistán, Nepal, Malasia, Tailandia, Java, Filipinas, Brasil Colombia y Paraguay. Y parecen sostenerse en todas partes. El descubrimiento sorprenderá a cualquier industria, porque hemos llegado a asociar eficiencia con escala. En la agricultura la controversia levanta ámpulas porque desde la industria parece muy extraño porque lo común es que los pequeños productores no cuenten con maquinaria propia, tengan menos capital o acceso a créditos y no estén enterados de las más recientes técnicas.

Algunos investigadores argumentan que esa relación inversa entre tamaño y rendimiento es el resultado de un artefacto estadístico: los suelos fértiles sustentan mayores poblaciones que las tierras desgastadas, por lo que con mucha productividad los tamaños de las fincas parecerían menores. Pero estudios posteriores han mostrado que dicha relación inversa se mantiene en diversas tierras fértiles. Más aún, funciona en países como Brasil donde las grandes haciendas son las que se apoderaron de las mejores tierras.

La explicación más plausible es que los agricultores en pequeño le invierten más trabajo por hectárea que los grandes agricultores. Esta fuerza de trabajo consiste en gran medida de sus propias familias, lo que significa que sus costos laborales son menores que en las fincas grandes, con mejor calidad de trabajo. Con más labor, los campesinos pueden cultivar su tierra más intensamente: pasan más tiempo terraceando o construyendo sistemas de irrigación; plantan muy pronto después de la cosecha; plantan muchos cultivos diferentes en el mismo campo.

La Revolución Verde proponía lo contrario: mientras más grandes la fincas, contarían con más acceso a crédito, y podrían invertir en nuevas variedades y expandir sus rendimientos. Pero conforme esas nuevas variedades se diseminaron entre los pequeños agricultores se vio que no era cierto.

Si los gobiernos fueran serios acerca de alimentar al mundo, deberían de romper los grandes terrenos, redistribuirlos entre los pobres mediante una reforma agraria seria y concentrar su investigación y su financiamiento en apoyar las pequeñas fincas. Hay muchas razones para defender a los pequeños agricultores de los países pobres. Los milagros económicos de Corea del Sur, Taiwán y Japón surgieron de sus programas de reforma agraria. Lo mismo ocurre en China, pese a que su despunte se retrasó cuarenta años por la colectivización.

El crecimiento basado en las pequeñas fincas tiende a ser más equitativo que el crecimiento que surge de las industrias alimentadas con mucho capital. El impacto ecológico de las pequeñas fincas es mucho menor pese a que la tierra es utilizada con más intensidad. Donde las pequeñas fincas son absorbidas por las grandes empresas, los desplazados se mueven a otras tierras y apenas si logran sobrevivir. Alguna vez seguí a unos campesinos expulsados de Maranhao, en Brasil, y fui testigo de cómo despedazaron la tierra de los yanomami a más de 3 mil kilómetros de distancia.

Pero el prejuicio en contra de los agricultores en pequeño es inconmovible. Da pie a uno de los más extraños insultos en inglés: cuando le llamas a alguien campesino, lo acusas de ser autosuficiente y productivo. Los campesinos son igualmente odiados por los capitalistas y por los comunistas. Siempre han intentado ambos apoderarse de sus tierras, ytienen la idea fija de menospreciarlos y demonizarlos. En su perfil de Turquía, el país donde sus campesinos son 20 veces más productivos que los grandes propietarios, la FAO dice que “como resultado de tener muchas fincas pequeñas, los rendimientos agrícolas… se mantienen bajos”. La OCDE afirma que “es indispensable frenar la fragmentación de la tierra” en Turquía “y consolidar propiedades más grandes para elevar la productividad agrícola2. Ni la FAO ni la OCDE proporcionan evidencia alguna. George Monbiot, “Small is Bountiful”, The Guardian, 10 de junio de 2008, www.monbiot.com

La Red Ecovida de Agroecología, formada en 1998 (y compuesta por unas 3 mil familias de agricultores familiares reunidos en unos 200 grupos, más 35 ONG y 10 cooperativas de consumidores) tiene por objetivo organizar, fortalecer y consolidar una agricultura familiar ecológica en 24 regiones que alcanzan a 170 municipios en los estados de São Paulo Paraná, Santa Catarina y Rio Grande do Sul, en el sur de Brasil. Los núcleos regionales promueven la capacitación de sus miembros, el intercambio de alimentos e información, y la credibilidad del producto ecológico mediante un sistema participativo de garantía que involucra activamente a agricultores y consumidores.

Como la comercialización es un cuello de botella para expandir la propuesta, por las dificultades de mantener un mercado local abastecido durante todo el año con productos diversos, de calidad y en suficiente cantidad, se ideó una alternativa construida con el trabajo colectivo de la Red Ecovida. Y desde 2006 funciona el llamado Circuito Sur de Circulación de Alimentos.

El circuito funciona con base en siete estaciones-núcleos y diez subestaciones. Hay reuniones bimensuales para discutir las disposiciones, la operación y el monitoreo de las actividades, se consensan los precios y se revisan las cuentas de las transacciones realizadas entre las organizaciones en el periodo anterior.

Para integrase en el Circuito es necesario que los alimentos ofrecidos sean ecológicos y estén certificados por el sistema participativo de Ecovida. Deben ser oriundos de la agricultura familiar y producidos en sistemas diversificados que aseguren un alto nivel de autoabasto alimentario. La economía de esta agricultura familiar es concebida como el total del abasto alimentario propio de las familias más los productos trocados en los mercados, privilegiando la seguridad alimentaria de los productores y los consumidores con criterios de justicia y transparencia.

Las organizaciones de la red que venden, también se comprometen a comprar productos de otras organizaciones del circuito, permitiendo ampliar la oferta de alimentos en los diferentes espacios (ferias, entregas a domicilio, puntos de venta, autoabastecimiento de las familias y grupos de Ecovida, mercados institucionales y otros). Eso favorece la reducción de costos y el flete, ya que los camiones siempre viajan cargados entre las estaciones-núcleos. La circulación de dinero es menor, ya que, en muchos casos, los productos se truecan. Natal João Magnanti, Centro Vianei de Educação Popular, Santa Catarina http://www.ecovida.org.br


1 - Fatma Gül Ünal, octubre de 2006. Small Is Beautiful: Evidence Of Inverse Size Yield Relationship In Rural Turkey. Policy Innovations. http://www.policyinnovations.org /ideas/policy_library/data/01382)

2 - http://www.new-agri.co.uk/00-3/countryp.html, y OECD Economic Surveys: Turkey, volumen 2006 número, 15, p. 186

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