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Herramientas para sembrar autonomía

Colectivo Coa, Red en Defensa del Maíz, Ojarasca | 14 April 2010 | Biodiversidad - Abr 2010

Por toda América Latina es muy vasto, muy brutal, el ataque contra las comunidades campesinas e indígenas por parte de las industrias agroquímicas, de las grandes plantaciones de alimentos, mercancías de exportación, árboles o agrocombustibles; de las mineras, las petroleras, las madereras; de las empresas de manejo de agua,
de manejo de basura; de las constructoras, las inmobiliarias y los narcotraficantes —junto con los gobiernos a nivel nacional, estatal y cantonal o municipal.
Quieren expulsar de sus vitales espacios a la gente que ha cuidado sus territorios: su agua, bosque, biodiversidad, cultivos propios, semillas nativas. Desprecian una vida dedicada a la siembra, la caza, la pesca, la recolección y la práctica de un equilibrio recurrente de su espacio vital.
Así, además de apoderarse de vastas extensiones de terreno con todos sus recursos, pueden aprovechar la mano de obra de todos los expulsados.
Pero las comunidades comienzan a entender que ser expulsados del campo los llevará (como trabajadores casi esclavizados) a los campos de labor, a los invernaderos, las fábricas, las maquiladoras o los talleres de las grandes empresas que invaden sus territorios y les roban la riqueza.
Comienzan a entender que cuando tienen que irse a las ciudades, agravan con su presencia las necesidades de la ciudad, haciendo más punzante el problema de la basura, la urgencia de  agua, vivienda, alimentos. En la ciudad se enfrentan a cantidad de problemas que no imaginaban estando en sus regiones. Una ciudad con más problemas empuja a las transnacionales a apoderarse de más recursos del campo, lo que permite que los gobiernos y las empresas intenten despojar a más y más campesinos de su tierra, sus recursos, sus espacios y su libertad.
Repensando juntos en talleres, seminarios y encuentros, o desde sus asambleas, las comunidades indígenas y muchas organizaciones campesinas de todos los rincones del continente, han concluido que es urgente no quedarse con una visión cerrada del mundo. Han entendido que lo que ocurre en una región ocurre en otras, y que por tanto, todas las luchas para resistir invasiones, devastación y saqueo están relacionadas. Que no hay muchos huecos en los aparatos legales y que la gran mayoría de leyes, regulaciones y tratados de comercio únicamente le dan ventajas a las empresas.
Entonces, solos [o mejor, unidos con otras comunidades en la misma condición] habrán de intentar alcanzar un destino suyo. Saben que es urgente fortalecer la autonomía en los hechos, los gobiernos propios, las asambleas, la socialidad cotidiana. Eso los pone a pensar, como sus ancestros les decían, de manera total, integral.
Los entrecomillados son frases que vuelven vez tras vez, por eso los presentamos como una sola voz que teje las siguientes reflexiones colectivas para fortalecer su autogobierno cotidiano:

1. Hacer un diagnóstico detallado de sus regiones. Cada una de las personas de la comunidad sabe un poco, una parte de lo que ocurre, de lo que no está bien, de lo que se puede proponer. Y no faltan voces que señalan: “Por qué quieren certificar el quehacer de los médicos tradicionales. Por qué quieren saber cuántos ojos de agua o pozos tenemos y por qué quieren registrarlos. Por qué quieren saber qué semillas tenemos y por qué nos exigen registrarlas. Cómo fortalecer nuestro espacio de participación política, no la de los partidos y las elecciones, sino aquí, ahora, en los valles, quebradas, planicies, bosques, selvas, riberas o costas donde vivimos. Quiénes tienen el poder económico y político en nuestras regiones, el país y a nivel internacional. Quiénes son los empresarios, los jefes políticos, los ‘dueños’. Quiénes tienen o quieren controlar las regiones. Quiénes ejercen la violencia. Qué agencias del gobierno dividen a las comunidades. Qué papel juegan los programas de asistencia, educación, cultura y desarrollo que impulsa el gobierno. Qué impacto tiene que les certifiquen parcelas individuales en un territorio que antes era común, trabajado en común. Cuáles empresas intentan apoderarse de la tierra, de los cultivos, del agua, del transporte, del comercio. Dónde y quiénes quieren abrir minas o pozos petroleros y qué efectos nos traerá. Por qué siempre quieren que trabajemos para ellos. Qué megaproyectos quieren imponer y cuáles serían sus resultados. Quiénes son los intermediarios que meten mercancías en las regiones, encarecen la vida de las comunidades y crecen el número de cosas que realmente no nos sirven. Cómo vamos a ejercer un autogobierno y proyectos conjuntos entre iguales a nivel regional, cuando las comunidades aisladas no pueden realmente romper cerco alguno”.

2. Repensar juntos la visión de nuestro lugar. Como cada quien sabe un poco, la gente está proponiendo abrir más y más espacios de plena libertad para pensar juntos, para entre todos saber todo lo posible.
“Que los viejos cuenten la visión y el cuidado que había antes, y que los nuevos investiguen las nuevas herramientas de pensamiento y trabajo, pero también los peligros de técnicas y falsas soluciones venidas de fuera que nos separan de lo importante y nos aíslan”, dicen las comunidades.
Pensar la nación desde las localidades y pensar el nivel comunitario desde el punto de vista de una complejidad nacional y global. “Saber y entender realmente dónde estamos, dónde vivimos. Hay que ser como los pájaros y ver el panorama, el horizonte, completo”.

3. Recuperar la iniciativa propia, lo creativo. “Hacerle caso a lo que realmente necesitan los pueblos —y no lo que nos han impuesto o quieren imponernos”. Cuando la gente de una comunidad o una región se junta para pensar y trabajar, es posible imaginar y entender (entre todas las personas que viven ahí) lo que se necesita para vivir bien, sin necesidad de mediadores del gobierno, las empresas o algunas ong.
En esos espacios de pensar y trabajar juntos se pueden tomar decisiones reales, en directo y frente a frente, y la vida se acerca porque ya no obedece a decisiones tomadas fuera, en quién sabe dónde. La gente se reconstituye como comunidad, como pueblo indígena, mestizo o afrodescendiente, como personas libres y organizadas.
“Nosotros conocemos nuestros territorios, sabemos cómo están y cómo cuidarlos. Tenemos lo necesario para gobernarnos mediante nuestras asambleas, a nuestro propio y respetuoso modo. Ya no podemos permitir tantas normas impuestas, pues acabaríamos haciendo solamente lo que ellos quieren”.

4. Recuperar nuestra historia. “Hay que recordar el origen de nuestra comunidad, de nuestra región, de nuestro pueblo”, dicen los mayores. “Recordar la historia de las invasiones, de las imposiciones, del saqueo y la destrucción. Recordar la historia de las luchas de nosotros contra todo eso. Pero también los saberes de siempre, todo lo que la gente sabe desde hace mucho, y le ha servido para cuidar las siembras, los bosques, el agua, los animales. Hay que hacerle caso a los ancianos y a los sabios. Tenemos que repensar quiénes éramos, por qué nos quieren desaparecer y cómo vamos a defendernos”.

5. La comunidad. “Es el espacio donde nos completamos un poco, convivimos, pensamos, entendemos, trabajamos y celebramos juntos. Ahí hay un profundo respeto por lo sagrado, por impartir justicia buscando un equilibrio sin castigos inhumanos; por respetar y darle valor a cada uno de los comuneros y sus familias, y a lo que cada quien ve y hace. En la comunidad hay conflictos, como en cualquier rincón del mundo. Hay violencia. Pero en las comunidades uno solo está ‘podrido’, pero con lo que sienten, piensan y buscan los otros con cada quien, formamos comunidad. La autonomía es un intento, una herramienta, como el arado, para evitar que se desgaste nuestro pacto de convivencia: lo que soñamos y logramos juntos. Es un intento por renovarlo todo vez tras vez”.

6. Asambleas. Hay que reforzar los espacios de reflexión, pero que son también espacios de decisión entre iguales. Las asambleas son la máxima autoridad de la comunidad porque en ellas cada quien puede decir su palabra y ser escuchado. “En la asamblea pensamos juntos y la palabra tiene peso, ahí nos damos la verdadera educación”.
Hoy en muchas regiones del continente las asambleas ya no son muy fuertes, pero hay el impulso por revivirlas, y volver a trabajar pensando y entendiendo en común, juntos.
Donde las asambleas son fuertes, los programas de gobierno, los ambiciosos que invaden o las empresas con sus tretas no logran mucho, porque la claridad de la asamblea frena o resuelve los problemas. Donde las asambleas son débiles, la comunidad se rompe y pierde, poco a poco o de repente, la fuerza para resistir las invasiones, la corrupción y los programas de gobierno.

7. Autoridades. Una comunidad, o una alianza de comunidades  necesita autoridades que sirvan a la gente, a esas asambleas generales.
Las leyes agrarias de muchos países sólo reconocen a las autoridades agrarias. Pero son igual de importantes los gobernadores tradicionales, los sabios, que actúan y aconsejan desde la tradición y la cosmovisión de una comunidad o de todo un pueblo. Juntas, las autoridades agrarias y tradicionales se vuelven un consejo de gobierno que le da mucha fuerza a la comunidad poniendo en práctica las decisiones tomadas por la asamblea general de habitantes y no sólo a los comuneros reconocidos en los estatutos de bienes comunales o ejidales derivados de las Constituciones, según el país en cuestión. Siendo un consejo de gobierno que responde a la asamblea, que “manda obedeciendo”, la autonomía logra gran legitimidad.

8. Entender nuestra verdadera soberanía. Esos espacios para pensar juntos también sirven para reafirmar entre todas las personas que conviven “hasta dónde nos quieren quitar lo que somos, hasta dónde nos quieren arrebatar nuestra soberanía, nuestra autodeterminación”, dice la gente.
“Casi todos los bosques son custodiados por los pueblos indígenas, son de las comunidades, y los cuidan en colectivo. Pero qué soberanía tendremos cuando la conservación de nuestros recursos esté regulada por el precio de los bonos de carbono y de servicios ambientales de aguas y bosques en la bolsa de valores de Nueva York. No queremos que el control económico de fragmentos de nuestro territorio completo esté secuestrado por bonos, patentes, registros, permisos, certificaciones, contratos con empresas, programas de las dependencias de los gobiernos o las regulaciones de los tratados de libre comercio”.

9. Territorio. Para que la autonomía sea posible tiene que tener, como centro de toda acción, el territorio que le da vida. “El territorio es el balance que hemos logrado en siglos o milenios de relación con la naturaleza”.
El territorio no es solamente tierra: son también el agua, el bosque, la biodiversidad, los recursos naturales “los seres vivos materiales y espirituales”, dice la gente, la tierra y sobre todo el saber colectivo acumulado que relaciona todo lo que ahí existe. “Sin estos saberes ancestrales y actuales, los pueblos indígenas no seríamos lo que somos, por eso debemos repensar nuestra condición, entender que lo que hemos hecho por siglos vale, sirve, y que es crucial controlar nuestros territorios”.
Cuando llegan funcionarios a promover políticas ajenas y dicen que le van a ayudar a la comunidad a “reordenar el territorio” para “expandir las capacidades productivas y ecológicas”, las comunidades indígenas se ríen. “Eso es lo que hemos venido haciendo por lo menos hace diez mil años”, contesta la comunidad. El territorio es ya un orden, un equilibrio con todo. “Nosotros sabemos cómo recuperar los suelos, dónde echar el ganado, dónde cosechar agua y cuidar nuestros ojos de agua, dónde sembrar, cómo hacer que el bosque viva y se mantenga, cómo hacer que llegue la lluvia y a dónde.

10. Debemos defender nuestra visión integral. Las empresas quieren dominar la organización profunda de las comunidades. “Quieren imponer los modelos tecnológicos que promueven y nos imponen plantaciones, planes de manejo, individualización y comercio de la tierra, registros de propiedad de fuentes de agua, biopiratería, semillas transgénicas, paquetes agrotóxicos, servicios ambientales y ecoturismo. Hemos entendido que cuando nos convencen con proyectos aislados (cuidar el bosque, mejorar el ganado, paquetes tecnológicos, fomento a la cosecha o aserraderos forestales o lo que sea que no se relaciona con la vida completa de la comunidad), cada uno de esos proyectos nos va desorganizando, porque se tropieza con lo que hacemos otros”.
 Para los pueblos todo está relacionado, todo tiene que ver con todo. Los bosques con el manejo del agua, los suelos, los cultivos propios, las asambleas, las autoridades. “Los proyectos aislados no sirven”, dice la gente.  “Sólo nos fragmentan más”.

11. La tierra es invaluable. “Ser campesinos nos hace reverenciar, respetar y entender el profundo valor de la tierra. Ella nos cuida a todos. No es sólo una madre como dice la gente, es nuestra hermana, nuestra hijita, y por supuesto nuestra amante. Le pertenecemos, no la poseemos, y por supuesto, no tiene precio”, dicen los sabios. “Fijarle precio a una tierra de cultivo es una agresión, no importa cuál sea el precio, sean siete, setenta, setecientos, siete mil, setenta mil o siete millones, billones o trillones de dólares, nunca podrán igualar lo que esta tierra puede producir con mi cuidado, el de mis hijos, mis nietos, mis bisnietos o tataranietos hasta el fin de los tiempos”.
Los campesinos saben muy bien eso, como también saben de la urgente defensa de la comunalidad de la tierra, que no sea propiedad individual. “La propiedad individual de la tierra rompe los territorios. Hace imposible el cuidado integral comunitario del bosque y nos aparta de nuestro cuidado del agua, nos impide recuperar los suelos, trabajar la protección contra los vientos, nos confunde el posible cuidado ganadero”. Con el pretexto de la “seguridad jurídica sobre la propiedad de la tierra”, los programas de certificación individual de la tierra únicamente garantizan que los inversionistas privados invadan las comunidades. Un propietario solo ya no se puede defender igual que una comunidad organizada.
Privatizar la tierra rompe la organización comunal. “Cuando la tierra se vuelve propiedad individual, la comunidad se divide, y cada quién jala por su lado. Es más fácil que nos convenzan con alguna ayuda individual, con dinero para comprar a unos o a otros. Nos estorba para decidir sobre nuestros territorios y el cuidado de lo que nuestros ancestros nos dejaron como encomienda para disfrutar y dejarle a las siguientes generaciones”.

12. Cultivos que refuercen soberanía. La primera soberanía, la más fundamental autonomía, “es organizarnos para producir nuestra propia comida. Debemos defender por todos los medios nuestros cultivos propios, para comer nosotros, nuestras familias, nuestra comunidad. No como productos, sino como modo de vida plena, una vida de sembradores, de campesinos, que cuidamos el maíz, el fríjol, la calabaza, la yuca, la mandioca, la cebada, el trigo, los frutales (criados y enseñados por la chacra, huerta o milpa que son ‘comunidades’ que nos enseñaron el valor de la diversidad donde los cultivos se relacionan, se cuidan, se fortalecen unos a otros, incluso con muchas otras plantas medicinales)”.
Si los pueblos, o las muchas comunidades campesinas, producen su propia comida, no tienen que pedirle permiso a nadie para ser, para existir. Ésta es una propuesta muy fuerte. De ella surgen los fundamentos de la autonomía de las comunidades campesinas indígenas, rurales. “Es urgente defender nuestra vida en la siembra produciendo nuestra comida. Nuestras labores no son un empleo para comprar comida con un sueldo de explotados, es acto creativo que refuerza la plenitud de la comunidad”.
“Sólo con cultivos propios, con maíz nativo propio (no su versión desfigurada y transgénica comercial) cultivado por la comunidad para depender lo menos posible del mercado, podemos defender el agua, los bosques, los recursos naturales, los saberes agrícolas, médicos y otras técnicas ancestrales y actuales, y todo nuestro sistema de impartición de justicia, las asambleas y el trabajo colectivo. Sin maíz cultivado por nosotros no hay autogobierno en las comunidades. Si no existe más la posibilidad de tener maíz y otros muchos cultivos propios, nos vuelven dependientes de las compañías que diseñan y producen semillas comerciales”.

13. Economía. Los cultivadores, los cuidadores del mundo, los campesinos que siembran su propia comida, se dan cuenta de que es urgente quedar, lo más posible, fuera la economía de mercado. Muchas comunidades insisten en que esos cultivos propios no son cultivos de subsistencia o autoconsumo, sino cultivos soberanos.
“Producir para vender y luego comprar comida”, dice una autoridad comunal, “nos hace perder nuestra soberanía alimentaria y laboral, siendo que somos gente del maíz. Un pueblo que compra semillas, que compra comida, no es un pueblo que pueda gobernarse a sí mismo. Debemos estar orgullosos de cultivar y criar nuestros propios alimentos para que coma la familia, la comunidad, reforzar nuestros saberes antiguos, los de nuestros ancianos, y buscar las nuevas tecnologías integrales que estén de acuerdo con estos saberes y los complementen. Debemos recurrir a subsidios autónomos y fijar nuestros propios precios de garantía a nivel regional entre las comunidades que nos aliemos para hacerlo. Debemos atrevernos a dejar de gastar en alimentos industrializados que no nos son indispensables. Hagamos un llamado a los migrantes para que nos apoyen. Hay que regresar a los mercados pequeños, basados en el trueque, o en el intercambio local, para lograr una vida más manejable. Hay que consumir lo que producimos en nuestras regiones; podemos producir lo que requerimos. Podemos instalar tiendas comunitarias regionales, que le den la vuelta a los intermediarios que introducen mercancías y que encarecen muchísimo los productos.  Impulsar así un comercio local, comunitario, para servir a distantes rancherías, caseríos, poblados, con precios bajos y ganancias que van directo a una administración comunitaria supervisada por las asambleas.

14. Educación radical. “La escuela nos está acabando. Mientras no busquemos una educación basada en nuestra propia visión, con conocimientos y saberes que nos sirvan para ser libres no vamos a lograr nada. Hay que buscar modos nuevos de crear situaciones donde todos aprendamos. Buscar que los jóvenes, como voluntarios, practiquen muchas técnicas antiguas y actuales para ahorrar leña, captar agua, qué hacer con la basura, hacer abonos orgánicos, cuidar el bosque, combatir incendios, guardar e intercambiar semillas tradicionales, recuperar suelos erosionados no sólo a nivel de parcela sino a nivel micro regional, revitalizar aguajes, diversificar cultivos y  actividades para recuperar nuestro territorio y reforzar sus orillas con proyectos integrales propios. Reforzar la orilla del territorio en tierras recuperadas les da a los jóvenes un sentido de la resistencia que luego otros no tienen. Con talleres de intercambio de experiencias los jóvenes se empapan de los problemas y se vuelven grupos de estudio y trabajo, a nivel parcela, donde combinen saberes antiguos con tecnologías sustentables.”
Trabajar en proyectos comunitarios compartidos, insistir en los espacios de reflexión conjunta, recuperar la historia, hacer diagnósticos y reforzar la creatividad social, todo eso junto impulsa justamente modos de aprender pertinentes que no son la domesticación que la escuela occidental impone. La educación radical pasa por cuestionar el papel de la escuela y los profesores en la comunidad. Por cuestionar los conocimientos que no son pertinentes a nuestra condición, es entender que el saber lo construimos en colectivo.

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