Follow us on  Icon-rss Icon-twitter Icon-facebook Grain-subscribe-en2-small

GRAIN

La agricultura es obra y arte de los agricultores y agricultoras del mundo entero, una obra que comenzó y continúa desarrollándose desde diez mil o tal vez veinte mil años atrás. Pueblos de los más diversos rincones se identificaron a sí mismos como cultivadores: en muchos de los mitos fundacionales, saber y poder cultivar fue lo que nos hizo humanos. Pero la agricultura, no lo olvidemos, ha sido y es mucho más que cultivos y crianza de animales. Es también el uso y cuidado del bosque, el agua, las plantas medicinales, los animales silvestres. Requiere de múltiples otros saberes y habilidades: podar, injertar, trasquilar, domar, domesticar, hilar, tejer, encurtir, salar, secar, fermentar, usar la greda, fabricar cestas, seleccionar las mejores plantas y animales, predecir el clima, cortar la madera en el momento adecuado, reconocer la luna para sembrar, podar y cosechar, son sólo algunos de los más comunes. Pueblos del mundo entero —bajo las más diversas condiciones ecosistémicas, sociales y culturales— construyeron sus saberes hasta lograr niveles de fineza y sofisticación que aún nos cuesta apreciar en toda su extensión.

El valor de tales saberes no ha pasado desapercibido. Incluso en sociedades en que cultivar la tierra fue considerado trabajo de clases inferiores, los saberes campesinos han sido reconocidos. Sócrates clasifica el cultivo de la tierra entre los saberes más importantes, en una categoría similar al saber médico. Las crónicas europeas hablan una y otra vez de las diversas formas de agricultura de los pueblos de África, Asia y América, muchas veces con admiración por su alto nivel de sofisticación. Hasta fines del siglo xix, el Ministerio de Agricultura de Estados Unidos consultaba a los agricultores estadounidenses sobre cómo enfrentar las enfermedades de las plantas o la gripe porcina. Hace apenas una décadas que el sistema de mejoramiento animal de Noruega dependía fundamentalmente del trabajo de sus agricultores.

Poco se ha dicho, sin embargo, de otros aspectos de gran importancia. El primero, que los pueblos del campo han sido los que han alimentado a la humanidad, incluso en el momento actual, cuando se despliega una verdadera guerra contra campesinos y pueblos indígenas. Otro hecho ignorado es que los campesinos y campesinas del mundo han sido los creadores y diversificadores de todos y cada uno de los cultivos que hoy disfrutamos como humanidad. Fue la gente del campo quien llevó a cabo el largo, paciente y delicado proceso de convertir malezas y hierbas en alimento abundante, sabroso, nutritivo, atractivo. Fue ella —y especialmente las mujeres— quien tomó las semillas cuando emprendió viajes o fue forzada a abandonar sus tierras y las compartió y repartió literalmente por el mundo. Si hoy nos asombramos frente a la diversidad del maíz, la papa, el trigo, el arroz, los frijoles o fréjoles, es porque ha habido millones de hombres y mujeres del campo que los han cuidado, seleccionado y cruzado, adaptándolos a las miles de condiciones que surgen de la combinación de diversos ecosistemas, comunidades, culturas, aspiraciones, sueños y gustos.

El trabajo genético y ecológico hecho por manos campesinas, e indígenas en los cultivos que hoy nos nutren no tiene paralelo alguno. Nada de lo logrado por el mejoramiento genético moderno habría sido posible sin la base de domesticación, mejoramiento y diversificación presente en los cientos de miles de variedades campesinas a lo largo y ancho de la tierra. Ni el más sofisticado trabajo de cruza y selección hecho en algún centro de investigación puede compararse con la tarea de convertir el teocintle en maíz. Todos los mejoradores genéticos del mundo serían incapaces de reproducir la variedad de colores presentes en el frijol, o su capacidad para adaptarse a las más diversas y extremas condiciones de crecimiento. Y, a pesar de todas las investigaciones, aún nos queda mucho por aprender acerca de las finas interrelaciones establecidas en muchos sistemas de cultivos tradicionales.

Sin embargo, hace algo menos de cien años se dijo —y se nos sigue diciendo— que ser campesino o indígena es sinónimo de ignorancia, superstición, atraso. Desde los centros de investigación, desde las universidades y especialmente desde las escuelas nos hacen la propaganda de que los únicos que saben son los investigadores, los agrónomos, los profesores. Miles de años de observación cuidadosa, relaciones de cuidado y afecto, búsqueda colectiva y aprendizaje mutuo tenían que olvidarse para dar cabida a lo aprendido en los campos de experimentación bajo condiciones controladas. Se inventaron los conceptos de “extensión” y “transferencia”, para dejar claro que el conocimiento se producía en determinados lugares —muy reducidos— y el resto del planeta debía recibirlo pasivamente.

Se abrió así el proceso que no sólo llevó a la Revolución Verde y su ya conocida secuela de contaminación y degradación ambiental, sino a procesos de homogenización en todos los ámbitos de la agricultura, incluida la homogenización del pensamiento de quienes se presentaban como los nuevos portadores del saber. A nadie pareció llamarle la atención que los agrónomos de Zimbabwe, Filipinas y Argentina considerasen como óptima la misma dosis de siembra para tal o cual cultivo que los agrónomos de Estados Unidos o Australia. Tampoco causó alarma que en algún momento la misma variedad de tomate se sembrase de México a la Patagonia, desde el altiplano a las tierras bajas tropicales, o que de pronto determinados agrotóxicos se convirtiesen en la herramienta deseada en los más diversos rincones del mundo. Mucho menos atención se le prestó al hecho que la “transferencia técnica” se hiciera silenciando a los pueblos del campo, ocultando o marginando sistemas complejos que llevaban siglos acumulando saberes sobre ecosistemas, cultivos, animales, árboles, microorganismos y toda su vasta red de relaciones.

A menos de cincuenta años de los inicios de la Revolución Verde, los efectos los tenemos a nuestro alrededor. Tenemos un mundo rural cada vez menos diverso, una agricultura cada vez más homogénea y concentrada. Mientras los cultivos fuertemente controlados por el comercio internacional a través de las grandes corporaciones —trigo, maíz, arroz— han aumentado su producción global, la producción campesina de los mismos se ha estancado, sobre todo porque los campesinos tienen cada vez menos tierra para sembrar. Los cultivos que siguen significativamente en manos campesinas —como las legumbres— también se han estancado en su producción y disminuido la superficie sembrada. La deforestación no sólo ha significado deterioro ambiental, sino pérdida importante de fuentes de alimentación humana y animal. El deterioro de los suelos es dramático, y altera incluso los ciclos hidrológicos y suma sequías e inundaciones a las difíciles condiciones vividas en el campo.

Podríamos discutir largo de por qué ocurrieron estos cambios. Fueron cambios empujados desde las más diversas posiciones políticas y filosóficas, con objetivos diversos en extremo. Sobre todo en los países del Tercer Mundo, hubo gran cantidad de investigadores sincera y profundamente preocupados por el fantasma de la escasez de alimentos y la realidad de la pobreza en el campo. Pero después de décadas de modernización, el cuadro que tenemos delante de nosotros nos muestra claramente que —contrario a lo que se dijo al momento de impulsar los cambios— no fue un proceso en que ganásemos todos. Los costos fueron severos y quienes llevaron la peor parte fueron los pueblos indígenas y el campesinado al que supuestamente se estaba beneficiando. Durante el siglo xx, por primera vez en la historia de la humanidad los habitantes urbanos pasan a ser la mayoría. El cambio no fue producto de sueños cumplidos en las ciudades, sino de la desaparición de familias campesinas, de la expulsión desde el campo por falta de trabajo y perspectivas, por la pérdida de la tierra, la destrucción y desmembramiento de los territorios indígenas, el estrangulamiento económico y el proceso perverso de hacer que los jóvenes se sientan avergonzados de sus orígenes y culturas.

Hay quienes ganan de modo dramático: los fabricantes de agrotóxicos y fertilizantes sintéticos fueron los primeros, junto a las grandes empresas de alimentos. La venta de fertilizantes en América Latina creció un 8% anual entre 1960 y 1990; la producción agrícola creció menos de la mitad de ello. Empresas como Nestlé, Dow Chemical, Bayer, Merck, Unilever han crecido en las últimas décadas a tasas mucho más elevadas que las de cualquier agricultura en el mundo.

La búsqueda de grandes ganancias a costa de los agricultores no quedó allí. Las grandes empresas entendieron rápidamente que es posible hacer agricultura sin agrotóxicos, sin fertilizantes y sin grandes maquinarias, pero es imposible hacerla sin semillas y sin saber lo que es necesario saber sobre ellas y sobre los ecosistemas que las acogen. Las grandes corporaciones inventaron entonces la propiedad intelectual sobre las formas de vida y redefinieron las reglas para monopolizar plantas, animales y conocimiento. Al principio, de manera cauta, limitada y silenciosa. En los noventa, el proceso se tornó agresivo, ambicioso. Hoy se nos impone de modo obligatorio y represivo. El acto fundamental de cuidar, reproducir y compartir las semillas pasó a ser un delito. El impulso natural de usar, compartir y conversar sobre los saberes —la mejor forma de protegerlos y hacerles crecer— ha sido restringido, condicionado y crecientemente ilegalizado.

La presión sobre pueblos campesinos e indígenas ha sido tan brutal, que no deja de causar alarma cómo más de alguna organización busca remediar la situación buscando herramientas dentro de las mismas normas de propiedad intelectual que hoy causan tanta destrucción.

Uno de los elementos más perversos de la propiedad intelectual —en cualquiera de sus formas— es que dice “proteger” plantas, animales y conocimiento, haciendo en realidad justamente lo contrario. Plantas, animales, conocimiento y saberes humanos son y siempre han sido un producto social y colectivo, en evolución permanente. Se fortalecen en la medida que se comparten y fluyen libremente, se perfeccionan a través del uso, la observación, la experimentación y la conversación; se enriquecen en la medida que cada persona, familia, comunidad y pueblo puede probarlos y determinar libremente si son útiles tal cual, requieren ser perfeccionados o es mejor descartarlos. La propiedad intelectual intenta privatizar lo que es por esencia obra colectiva, congela lo que debe estar en cambio permanente e impide el fundamento mismo del saber: compartir, debatir y decidir soberanamente. Se protege ciertamente la propiedad, pero en el camino se destruye diversidad, cultivos y conocimiento.

Pero iniciativas de resistencia mucho más certeras resurgen en los últimos veinte años junto a la expulsión, la destrucción y la marginación. Quizás lo más esperanzador es que se ha entendido que la diversidad biológica, las semillas o los saberes no son cosas aisladas, sino el producto de procesos sociales y ecosistémicos. Recuperar la cultura, la espiritualidad propia, fortalecer la organización, el tejido social, los mercados locales, la capacidad de control de los procesos productivos; restaurar las tierras y territorios, reconstruir ecosistemas, proteger y potenciar la biodiversidad, diversificar la agricultura, reactivar las semillas propias, son todas facetas de esfuerzos que buscan asumir la complejidad de los procesos que determinan la vida de pueblos y comunidades y retomar el control de los mismos.

En suma, los esfuerzos de comunidades rurales de América Latina, Asia, África pero también Europa hoy buscan reconstruir el pleno derecho a ser campesinos e indígenas. De acuerdo a cada circunstancia, sus experiencias toman formas muy distintas. Son un ejemplo de la diversidad cultural, social y política necesaria para recuperar la diversidad agrícola y biológica. Son experiencias que buscan reforzar la capacidad de tomar decisiones de manera colectiva, organizada y soberana.

Una característica es especialmente esperanzadora: la reactivación de los sistemas campesinos de construcción de saberes, sistemas que fusionan formas colectivas y personales de observación, experimentación e intercambio, y que al saber unen el respeto, la espiritualidad y un conjunto de normas sociales localmente definidas. Esta búsqueda permite la generación y reactivación autónoma de saberes por parte de comunidades y familias y, a fin de cuentas, el florecimiento, de nuevo, de la creatividad social más antigua de la humanidad.

blog comments powered by Disqus sdfsd